Que a priori el título no parece muy apetecible es cierto, no os lo voy a negar. Sin embargo, en mi cabeza todo tiene sentido, de verdad.

Que ya que estamos… No sé hasta qué punto es bueno que en mi cabeza algo tenga sentido cuando ya se sabe que en mi cabeza la lógica brilla por su ausencia pero creo que hoy ha llamado a la puerta la coherencia y como soy una chica educada, he dejado que pase.

El otro día hablaba con un amigo más pequeño que yo acerca de salir de fiesta. No recuerdo cómo salió la conversación pero acabé dándome cuenta de que el tiempo pasa y que lo mismo no he aprovechado las noches de Madrid y la veintena como esta ciudad y la juventud de una vida se merecen.

A pocos meses de cambiar el 2 por el 3 pienso mucho acerca de todo lo que pude hacer y no hice. No sé si eso es hacerse mayor pero cuando hablo con gente joven (o algunos años más joven que yo) siento cierta envidia.

Me pasa cuando hablo con Pablo, el becario que viene todas las tardes a la oficina y me cuenta las asignaturas que le quedan para terminar la carrera. Me pasa con Mar, mi ahijada Scout, cuando me enseña países a través de sus viajes con mochila y me pasó el otro día cuando acabé hablando con este chico de lo duras que son las resacas después de ingerir no sé cuántas copas de ron con coca-cola.

Aunque luego se me olvida (por desgracia), siempre que salgo de fiesta me digo a mí misma que no puedo sobrepasar un límite de copas por varias razones: porque son muy caras, porque tampoco están tan buenas, porque cuando bebo filtro menos de lo que filtro normalmente y, la última y quizá la más importante, porque me sienta mal el alcohol.

 Es una lástima que pasadas dos copas toda esa conversación se me olvide, saque la tarjeta, mezcle ron con ginebra y al día siguiente quiera morir pronto, joven, pobre y sin haber viajado a San Francisco.

Cuando el alcohol me sienta realmente mal es bastante probable que el día siguiente lo “invierta” vomitando.

Odio vomitar.  Lo paso fatal.

Se me plantea entonces una dicotomía porque sé que lo que va a hacer que esté mejor es que vomite todo el ron con coca-cola que ingerí la noche anterior; sin embargo, el acto de hacer eso  me crea tanto rechazo que me convenzo a mí misma de que no es la mejor opción. Y entro en bucle. De nuevo.

Estaba yo contándole a este joven mi animadversión hacia el acto de vomitar cuando me contó una práctica que, si os soy sincera, también hacen algunos de mis amigos y que por desgracia he visto en directo:

– Una alternativa en las noches en las que bebes demasiado rápido y te sienta mal el alcohol es vomitar y seguir de fiesta. Como has vomitado puedes seguir bebiendo. Cuando vomitas te quedas bien, tu noche empieza de cero, Mónica. 

– ¡Pero qué dices! – contesté asombrada.

La gente joven es así, supongo.

Después de esta agradable conversación reflexioné acerca de la posibilidad de vomitar y empezar de cero la noche.

Y quien dice la noche, dice el día, el mes, el año o la vida.

Llevo pensando desde esa conversación que quizá a mí no solo me cuesta vomitar el ron con coca-cola de la noche anterior sino que, con el paso del tiempo, he ido creando en mí un miedo aterrador a vomitar aquello que se me pasa por la cabeza y que está ligado al músculo del que hace tiempo perdí el control.

Me cuesta. Lo reconozco.

A pesar de la cantidad de palabras que salen por mi boca a lo largo del día y de la velocidad de las mismas hay algunas frases que no consigo sacar, que siguen guardadas bajo llave en ese lugar en el que comienzan las resacas.

Y podría vomitarlas. Podría vomitar todo eso que me cuesta decir(te), podría olvidar como siempre la conversación conmigo misma, pedirme otra copa de ron con coca-cola, sacar la tarjeta y acabar mezclando esas frases bañadas en ron con ginebra.

Y empezar de cero.

Podría empezar la noche de cero.

Podría.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Elliot Erwitt