Que tú y yo éramos como una casa.

Una pequeña, de esas que tienen todo junto y revuelto.

Que lo mismo estabas en la cocina que te plantabas en el salón a ver una película con palomitas.

Éramos una casa desordenada pero, al fin y al cabo, una casa. Con sus cuadros en las paredes, sus fotos de viajes, sus muebles desgastados y el sofá con esos cojines que perdían plumas día tras día. Éramos una casa con forma de hogar, con ese olor tan tuyo, con el sonido de mis pasos acelerados por el pasillo…

Pero vino el terremoto.

Se cayeron los cimientos y todo lo que formaba la casa se vino abajo. Y la cama perdió el colchón, las bombillas perdieron su luz, los libros con historias de amor quedaron perdidos bajo un todo que ya no era nada.

Y ahora miro los restos y me pregunto a dónde te habrás ido a vivir. A otra casa, supongo, con muebles nuevos y una pared despejada con muchos cuadros por colgar.

Éramos una casa y ahora… Solo somos ruinas.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Gianni Berengo Gardin