Creo que si hiciera una encuesta popular sobre cuál es el día de la semana que más gente odia, la mayoría diría el lunes. No es que sea yo la chica más inteligente del lugar, pero los lunes cuestan.

Mis lunes son siempre más cansados porque el domingo me veo obligada a echarme la siesta por lo que al final, entre unas cosas y otras, me acuesto más tarde y el lunes por la mañana solo quiero retroceder en el tiempo, volver al domingo y actuar con responsabilidad dejando la siesta de lado para dormir tan ricamente esa noche.

Pero aunque se hayan creado películas y series sobre viajes en el tiempo, esa opción todavía no puede hacerse realidad. Y llegará el próximo domingo y la responsabilidad se irá de vacaciones, como siempre.

Los lunes siempre empieza mi dieta. Da igual que lunes leas esto porque Mónica habrá comenzado su dieta.

Desde que pasó la historia del chico del metro y llegué a la fama, es como que me cuesta más escribir, pienso que ninguna historia va a superar a la del día que conocí a Álvaro y nunca volví a saber de él.

Voy por la calle intentando que me pasen cosas, pero creo que soy una persona normal a la que le pasan cosas normales, por lo que tampoco puedo forzar historias como la de “El chico del metro” todos los días.

Así que llevo unas semanas con depresión post-fama, pensando que todo lo que haga a partir de ahora no tendrá sentido. Sin embargo, las ganas de escribir están ahí así que bueno, advierto que lo que viene no es una historia en el metro, es una historia de regalos, sangre y… como siempre, aprendizaje.

Hace unas semanas cumplí 29 veranos. Estar a un año de los 30 es algo que a priori puede dar miedo pero como he dicho en varias ocasiones, me gusta más la chica que soy ahora que la que era con 20 por lo que… todo bien. De lo de encontrar el amor, tener piso propio y cocinar ya hablamos otro día.

Cada cumpleaños, mis amigas del colegio me regalan algo. Y no es que sea yo súper especial, es que lo hacemos con todas. Vamos, que yo hago 12 regalos al año también, no soy tan egoísta (sí, somos 13).

Como este año contábamos con un poco más de budget (mamá, presupuesto), decidimos que se podían dar ideas/sugerencias para que comprar un regalo no se alargara en el tiempo.

Yo, aficionada a andar en zapatillas, les “sugerí” que sería “genial” poder tener unas (otras). Y ellas como me quieren, convirtieron mis deseos en realidad.

Así que el otro día las estrené. Muy guapa iba yo, muy estilosa, muy cool, muy trendy, muy a la moda, muy de todo.

Pero a medida que pasaba el tiempo con ellas puestas empecé a notar que me rozaban en la parte trasera del pie. Lo típico, son una zapatillas nuevas. ¿A quién no le ha pasado?

Paso la noche y al estar yo sentada no era consciente de la masacre que se me venía encima. Después de cenar fui a echar unos bailes por el centro de Madrid, pero al ser yo un poco abuela, a la hora me retiré y, por eso de ahorrar e intentar no dar salida al dinero que no tengo en cosas que puedo evitarme, me volví andando a casa. Bajar la calle Atocha, solo era eso.

Me puse los cascos, elegí el último (y primer) single de Aitana (ese que para los aficionados de Operación Triunfo nos pareció una mierda al principio, menos malo después y que ahora no dejamos de escuchar).

No sé si por la música, lo mucho que me gusta pasear por Madrid de noche o el ritmo que llevaba, no era realmente consciente de lo que estaba pasando cerca del suelo, más concretamente en mis pies.

Admito que la molestia estaba ahí, pero no le di importancia. Seguí cantando “Teléfono” para mis adentros hasta que llegué a casa, me tiré en la cama, me quité las zapatillas y…  vi el espectáculo en mis pies.

Eso era como una matanza pura, uno de mis talones no paraba de sangrar. Estuve a punto de ver la luz esa que se ve cuando la muerte te acecha. Terrible todo.

Lo primero que hice fue ver el estado de la zapatilla. Porque vamos a ver, era un regalo, no podía cargarme el regalo el primer día, hay que dar un margen para esas cosas. Como las zapatillas eran negras, tan solo el interior de la zapatilla se había teñido a rojo.

Respiré tranquila y dirigí mi mirada a mi pie herido. De repente todo lo que no había sentido antes, comenzó. Eso escocía mucho y el suelo estaba manchado de sangre. En serio, no paraba.

Así que decidí cortar por la sano y metí el pie en la ducha (que no yo, a esas horas de la noche suficiente que metí el pie). Lavé así un poco con agua y… al final la herida era pequeña y había montado yo un drama para nada.

Ni matanza, ni masacre, ni amputación, ni nada.

Al día siguiente me puse una tirita, cambié de zapatillas y fui a casa de mi madre a comer (como hago para sobrevivir de forma casi diaria), sintiéndome una persona magullada pero viva.

Y ahora empieza el proceso en el que las nuevas zapatillas se hagan a mis pies y mis pies se hagan a las nuevas zapatillas. Seguro que habéis vivido ese proceso en varias ocasiones. Dura unos días y suele ir acompañado de tiritas. Pero, en uno de esos días os dais cuenta que ya no hay molestias en talón y que las rozaduras se han ido.  ¡Habéis hecho match con las zapatillas!

(Mamá, hacer match es lo que te he explicado de Tinder, que cuando tú le gustas a alguien y a ti te gusta ese alguien hacéis “match” y puede surgir el “amor”). Pues eso.

Y a mí toda esta historia que me sucedió con las zapatillas me ha llevado a pensar que al final las rozaduras son la vida misma. Los cambios. Las salidas de la zona de confort. El miedo a lo desconocido y el proceso de adaptación.

Que todo inicio al cambio puede rozar un poco, incluso en un primer momento sangrar en forma de dolor, de lágrimas o de frustración. Pero que al final… todo pasa. Que el truco es ponerse una tirita para que lo difícil se haga un poco más fácil. Que pasan los días y empiezas a tomar contacto con la realidad, que poco a poco te acostumbras y, cuando menos te lo esperas, el cambio ya no es un cambio, es tu vida.

Y la vida es un regalo, como el que me hicieron mis amigas hace unas semanas. Un regalo que no pienso dejar escapar por muchas tiritas que tenga que utilizar.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Elliott Erwitt

 

“Señora, todo pasa, tengo tiritas en el cajón de mi mesita de noche”