Cuando mis padres se divorciaron, hace ya seis o siete años (quizás más, no lo sé), mi padre dictó una a una todas sus recetas de cocina a mi madre.

Pollo asado, carne al horno, gazpacho, lasaña, tomate frito, rape, merluza al horno… Son algunas de las recetas que mi madre exigió (esa es la palabra) a mi padre antes de que se fuera a vivir a León y nos dejara con una persona que odiaba cocinar a cargo de nuestra alimentación.

Mi padre se las fue dictando una a una, paso por paso, sin olvidar, según él, ningún detalle.

La verdad es que mi madre siempre le discutía eso:

– Luis, no me has dicho todos los pasos, a mí no me queda como a ti.

Cuando mi padre venía a Madrid a vernos nos cocinaba siempre y, cuando llegaba el momento de probar el plato, mi madre siempre decía:

– ¿Lo veis? No me queda igual que a papá. Es que ahora resulta que entre el paso tres y el paso cuatro vuestro padre le echa orégano y a mí eso no me lo dijo y claro así imposible.

Mi padre siempre le respondía que no sabía a qué se refería, que él le había dicho la receta tal y como era.

Mi madre, resignada, respondía:

– Eso no es verdad, a mí no me engañas.

En una de esas ocasiones, mientras mi madre se iba caminando por el pasillo, le pregunté directamente:

– ¿Pero tú a mamá le has dicho todas las recetas paso por paso?

– Pues hija, claro que no, me he guardado algún paso pequeño.

– ¿Pero por qué haces eso, papá? – le respondí.

– Porque si le digo todos los pasos ya no sería tan especial que como cuando os cocino yo.

Ahora se ha ido y nos queda un cuaderno de recetas escritas por mi madre, con hojas manchadas de aceite y con una tinta que poco a poco se va borrando por el uso.

Mi padre se ha ido y se ha llevado con él esos trucos que solo él conocía.

Finalmente consiguió lo que quería, que jamás ninguna comida sepa igual que como cuando la cocinaba él.

Mónica Rincón Candeira

Foto: Elliot Erwitt

«Siempre nos quedará tu gazpacho, papá.»