Me ha mandado un whatsapp mi amiga Esther con el directo, en forma de una especie de vídeoclip, de la canción de Leiva, “Godzilla”.

Aunque el vídeo está hecho en el concierto del domingo en Madrid y no del sábado (que fue al que acudimos Esther y yo como dos fans locas que somos), he sentido verdaderos impulsos de mandárselo a él.

Pero no lo he hecho.

He mirado el vídeo en bucle unas tres o cuatro veces. Pedazo de canción, joder. Pedazo de letra y pedazo de músicos.

Y durante esos diez minutos que ha durado mi bucle he tratado de luchar con las ganas que tenía de que lo viera esa persona también. Aunque entiendo que ya lo habrá visto, porque además de ser una de sus canciones favoritas del último disco de Leiva, se pasa el día saltando de un vídeo de Youtube a otro. Le habrá salido en sugerencias, seguro. Segurísimo.

Llevo meses un poco alejada de la escritura. No sé cuál es la razón, si es que no tengo nada que contar o que he perdido las ganas de escribir. Hacía meses, incluso años, que no rozaba esa sensación de sentir que las musas y yo habíamos tomado caminos independientes.

En definitiva, los últimos meses están siendo un tanto difíciles en lo que a inspiración se refiere.

De hecho, he pasado las últimas semanas hablando mucho conmigo misma.

Que al principio suena raro, pero descubrirme manteniendo una conversación con los señores y señoras de mi cabeza que unen y tensan las cuerdas de eso que se supone que pone orden ahí arriba, me ha ayudado a pasar muchos momentos de lluvias intensas.

Gracias a esas conversaciones diarias conmigo misma en el metro, en los paseos hasta el gimnasio y en las idas y venidas en autobús, he aprendido a pasar sin paraguas bajo distintos diluvios universales que se originado de vez en cuando en mi interior.

Lo complicado de que una persona desaparezca de tu vida es asumir que ya no está. Nunca. Para nada. Por mucho que quieras. No está. No puede estar.

Y a mí ese proceso se me hace complicado a días. Supongo que os habrá pasado alguna vez.

A veces, de forma inconsciente, cojo el móvil para escribir eso tan ridículo que me ha pasado en el día y que estoy segura que le haría gracia saber. Pero no puedo hacerlo. Porque no puede ser.

A veces añoro ese lenguaje de dos, las expresiones de siempre, los emoticonos más utilizados e incluso las despedidas sin futuro. 

Será por costumbres. 

Lo complicado de que una persona desaparezca de tu vida es asumir que ya no está. E incluir esa idea a la rutina del día a día.

Lo que a muchas personas se les plantea como algo fácil a mí me cuesta horrores. Y lo reconozco.

¿Por qué? No lo sé. Quizá porque a los señores y señoras que unen y tensan cuerdas en mi cabeza les está costando más de la cuenta cortar esa que me unía a aquello que ahora no puede ser.

Últimamente me repito mucho a mí misma esta pregunta: «¿Por qué?». 

Esther me ha mandado hoy el vídeo con el directo de Leiva, “Godzilla”. He sentido verdaderos impulsos de mandárselo.

Pero no lo he hecho.

¿Por qué?

Porque hay cosas que ya no pueden ser.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Paula Gil Ocón