Noto que me hago mayor porque cada día valoro más mi tiempo.

Si habéis seguido de cerca «Las 10 menos cuarto» sabréis que mi relación con el tiempo es un tanto complicada. Ese señor me mira de reojo y no me da tregua, no cede. Los días de lluvia recoloca su sombrero, se atusa su gabardina y se va por donde ha venido, sin darme ninguna explicación, dejándome como siempre en un mar de dudas hasta que vuelve sin previo aviso. Así  es el tiempo, supongo, inesperado.

Noto que me hago mayor porque cada día valoro más mi tiempo y con quién lo invierto. Dicen que el tiempo es oro pero, bajo mi punto de vista, mucho le queda al oro para igualar al tiempo.

Noto que me hago mayor porque cada día valoro más mi tiempo, con quién lo invierto y dónde lo invierto.

Hace meses que esa frase empieza y termina en el metro de Madrid, ese que dicen que vuela, ese en donde suceden  historias tanto en papel como en carne y hueso.

Últimamente veo mi vida pasar entre andén y andén, estación y estación, entre escaleras que bajan y que me llevan de nuevo a la luz. Esa luz a la que muchos días no quiero enfrentarme, esa luz que, en ocasiones, me devuelve a la realidad.

No sé si sois de los que cogen el metro todos los días pero si os veis obligados a pagar el abono mes a mes, quizá lo que voy a contar os suene.

Cuando vivía en casa de mi madre tenía las salidas del andén perfectamente localizadas. La rutina es lo que tiene, supongo, que hace que acabes memorizando tus pasos. Tenía controladas las puertas en las que tenía que situarme tanto en la línea 6 como en la línea 9 para evitar andar más de la cuenta, para llegar antes a casa, para cruzar la meta.

¿Rutina o reto? No lo sé. Confieso que me encantaba encontrar mi lugar entre estación y estación, dominar el terreno, ganarme mi espacio entre la multitud.

Sin embargo ahora todo ha cambiado. Porque todo siempre cambia. Todo nunca es constante, a veces creo que el todo decide por nosotros.

Llevo meses alejada de la estación de “Sainz de Baranda” y con ello alejada de todo lo que ello implicaba. Otra vez el todo aunque parezca que no haya nada.

Llevo meses alejada de la estación de “Sainz de Baranda» y con ello alejada de todo lo que ello implica. En presente, porque las rutinas no se olvidan de un día para otro. Porque el todo pesa.

Cuando cojo el metro por la mañana me sorprendo a mí misma calculando el lugar de la puerta. Llevo meses fallando. Y a menudo  me quedo entre las dos puertas del vagón en tierra de nadie. En mi tierra, pero sin nadie.

A veces me río de lo absurda que parezco, otras me enfado porque no me ubico.

No consigo ubicarme.

Porque ya no sé dónde están.

Ni mi ubicación, ni mis puertas, ni mi lugar.

 

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Lucía Candeira