Soy consciente de que los hechos que voy a contar perjudican notablemente la poca reputación que puedo tener, pero a veces una tiene que contar determinadas cosas para que se entienda la conclusión de un texto. Y yo, por supuesto, me debo a mi público.

Además, está bien que las personas que leen mis textos puedan conocerme mejor con estas cosas que me suceden en el día a día. Dicho esto, comienzo.

Ayer me quedé encerrada en mi propia casa. Así, literalmente, como suena. No hay que buscarle un trasfondo a la frase porque, por suerte o por desgracia, no lo tiene. En la anterior entrada hablaba de lo terrible que es hacerse mayor y en esta empiezo hablando de lo triste que es saber que la inutilidad en mi persona es directamente proporcional a lo mayor que me hago. Que debería ser al revés, pero se ve que no.

Como cada mañana, me desperté para ir a trabajar y cuando fui a abrir la puerta de mi casa, no se abría. Comprobé que el pestillo no estaba puesto e hice amagos de ponerlo y girar el pomo para desbloquear la puerta pero que no, que la puerta no se abría. Así que me dio por reír. Estaba dormida, tampoco podía hacer mucho más.

Como persona mayor que soy, llamé a mi madre:

– Mamá, que estoy encerrada en casa.

-¿Qué dices?

-Que estoy encerrada en casa, que la puerta no se abre, que no puedo salir de casa.

-¿Cómo es eso posible?¿Está tu hermano?

-Que no, que estoy sola y no puedo salir de casa.

-Mónica, ve a la cocina y mira el número del cerrajero. Yo creo que eres mayor como para llamar sola, ¿no crees?

-Mamá, creo que deberíamos dejar 15 minutos de margen antes de llamar, porque ya sabemos como soy y seguro que esto se resuelve de una forma fácil y mi conciencia quedaría dañada si tengo que llamar a un cerrajero para que luego sea una chorrada. Que ya sabemos como soy, que soy inútil para determinadas cosas. Déjame pensar.

Y colgué y me puse a pensar. Bueno, primero llamé a mi jefa y le dije que iba a llegar tarde a trabajar porque me había quedado encerrada en mi propia casa. Está bien que tu jefa sepa este tipo de cosas acerca de ti.

Giré la vista y vi en el mueble de la entrada dos manojos de llaves de repuesto, uno de mi hermano y otro de mi madre. Así que cogí ambos y probé a meter la llave en la cerradura, pero no entraban bien en la cerradura. La puerta seguía sin abrir. Y se me ocurrió llamar a mi hermano.

-Luis, que estoy encerrada en casa. Que la puerta no abre. ¿Has hecho algo?

-No sé, yo me he ido de casa y he cerrado con llave.

-¿Para qué cierras con llave si estoy yo dentro? Pues la puerta no abre, Luis, no abre. Estoy encerrada en mi propia casa.

Y mi hermano dijo adiós y colgó, porque claro, no lo consideró un hecho importante.

Así que me dio por emplear la fuerza y tirar de la puerta como si con mi increíble fuerza la puerta se fuera a abrir. No funcionó. Así que fui a la cocina y busqué el número del cerrajero asumiendo mi derrota. Cuando iba a marcar, pensé que lo mismo podría probar con mis llaves. Así que las cogí, las metí en la cerradura, entraron a la perfección, giré la llave y la puerta se abrió.

Conclusión de este hecho sucedido en el día de ayer: soy una parda. No hay más, lo asumo.

Os diré que no sé qué tipo de imagen tienen mi madre y mi hermano acerca de mi inteligencia pero que ayer decidieron (a mis espaldas) probar si las dos llaves de repuesto funcionaban desde dentro de casa y vieron que, efectivamente, no. ¿En serio? No me había dado cuenta… En fin.

Finalmente llegué a trabajar y lo que vino después fue un día de mierda, pero eso es otro tema. Hay veces que uno piensa por qué se ha tenido que levantar ese día, con lo bien que se estaba en la cama, pues ese fue mi pensamiento de ayer durante todo el día.

El caso es que yo siempre que me ocurren situaciones absurdas les busco una conclusión más allá de mi inutilidad para, por lo menos, encontrar un aprendizaje.

Y ayer me di cuenta de que hay llaves que por mucho que nos empeñemos no están hechas para abrir determinadas puertas.

Ayer aprendí que en muchas ocasiones por mucho que nos esforcemos en meter una llave en una cerradura de una puerta… si la llave no gira, es que no funciona. Y no importa que emplees la maña, la fuerza, no importa, la puerta no se va a abrir.

Y es frustrante darse cuenta de que no tienes la llave necesaria para abrir esa puerta que tanto quieres. Es complicado entender que aunque la llave tenga la facilidad de entrar en la cerradura, luego no esté hecha para girar. Da pena asumir que tu llave no sirve.

En mi vida se han cruzado puertas de las que no he tenido la llave. Puertas laborales, puertas personales y una puerta especialmente acorazada que, por mucho que he intentado, no he conseguido abrir.

Supongo que de eso se trata la vida, de no rendirse hasta encontrar esas puertas que encajan con tus llaves.

¿O es que alguno de vosotros tiene la llave maestra de la felicidad?

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Henri Cartier-Bresson