Mañana es el día en el que se abre el plazo para hacer la declaración de la Renta y no dejo de pensar en ti. Hoy justo hace un año desde que te fuiste. Las coincidencias, supongo. Pero te fuiste y me dejaste sola ante la declaración. Ya te vale, de verdad. El año pasado fue fácil porque ni dos pagadores, ni cambio de casa, ni leches en vinagre, pero este año se me plantea complicado, papá.

Ente el cambio de trabajo y el cambio de casa, temo que me salga a pagar, como siempre, por otra parte.
Siempre te reías de mí por eso. Recuerdo que te llamaba enfadada y me quejaba durante media hora sobre lo injusto que era todo.

Y entonces me decías que te la enviara y que tú la revisabas y, al cabo de unas horas, me devolvías la llamada para comentarme lo que ambos sabíamos: “Hija, no se puede hacer nada, tienes que pagar. “

Odio hacer cosas de adulta sin ti. El otro día me escribió mi casero para decirme que me subía 11 euros el alquiler porque se sentía mal subiéndome más y me generó tanta ternura que quise llamarte para contártelo.

Sigo imaginando las conversaciones que tendría contigo.

Este año sin ti he tenido que afrontar llevar a cabo cosas de adulta en solitario como, básicamente, gestionar mi vida. Y lo he conseguido. O en esas estoy.

Consiguiendo vivir sin ti. El día que te fuiste te dije que te dedicaría muchos posts por el drama que me habías dejado encima y creo que he cumplido. Has estado presente en las fechas importantes, pero, como decía hoy mamá, estás en nuestros recuerdos todos los días.

Todos.

Te recuerdo en pijama, en la cocina de casa, haciendo cocido en esa olla tan grande que estaba al fuego durante toda la noche. Te quedabas dormido en el sofá para vigilarla mientras mamá se levantaba de madrugaba y la apagaba para velar por la seguridad de la casa, supongo.

Como últimamente voy mucho a La Coruña, pienso en los viajes a Galicia y tu odio a la playa. Mi último recuerdo tuyo en bañador es en la Playa de las Catedrales. Cuando acabamos la visita paramos en un pueblo muy bonito y nos pusimos las botas comiendo pescado y marisco.

Me gusta recordarte conduciendo porque siempre nos llevabas a sitios preciosos, aunque en su momento no supiéramos valorarlos. Las carreteras de montaña me recuerdan a ti y si tienen muchas curvas, más todavía.

El otro día estuvimos con los tíos tomando algo a tu salud. La familia crece, nacional e internacionalmente.

Hoy hace un año que te fuiste y contigo se fue parte de la esencia del bulevar, ese bulevar que piso cada vez que voy a casa de mamá a robarle comida (eso es algo que no ha cambiado, como supondrás).

Están pintando la fachada de casa y mamá está muy preocupada por el color del que la van a pintar. El otro día estaba teletrabajando en casa y una mujer llamó a la puerta para decirme que quería hablar con mi madre para comentarle todo acerca del color de la fachada.
Yo en un primer momento pensé que esa señora lo que quería era robarme y miré a Arya y su protección no me pareció suficiente porque su protección es básicamente nula como ya sabes, así que le seguí el rollo a la señora para que, si me tenía que robar, lo hiciera cuanto antes porque tampoco me podía ausentar mucho en el trabajo.

Pero resulta que era cierto, luego mamá me dijo que es que necesitaba estar informada de esas cosas, que no podía tolerar que pintaran la fachada de un color “gris feo”.

Me hizo mucha gracia todo, papá. Esa señora no me quería robar, resulta que era la Presidenta de la Comunidad. Y que ahora mamá se ha convertido en esa clase de persona que necesita estar informada del color de la fachada. En unos meses se jubila y con suerte, si Luis hace bien su trabajo, podamos añadir otra perra a casa.

Estamos trabajando en ello. Es un trabajo lento, pero ya sabes, Luis y yo somos como tortugas, poco a poco, pero lo conseguiremos.

Cuidamos a mamá como podemos, porque la que fuera tu exmujer es una persona muy cabezota, como buena tauro. Pero Luis no para de darle besos y cariño. Se está ganando ser el hijo más querido, las cosas como son.

Yo aporto la palabra, Luis el calor. Ese es el trato.

En Madrid hace un frío de narices, así que supongo que en León, más. Cada vez que conozco a alguien de allí me acuerdo de ti. Y pienso en esas galletas tan ricas que traías solo para mí cada vez que venías a Madrid. Sí, esas que engordaban tanto que estaban en una caja amarilla. Volveré a comerlas algún día, te lo prometo.

El frío lo llevo fatal, pero para tu tranquilidad, Gonzalo me arropa por las noches y tiene el mismo estilo que tú. El primer día que me arropó y me envolvió en la manta al estilo “croqueta” solo pude pensar en ti. Me calienta los pies todas las noches que dormimos juntos, papá, y los días que estoy con él son siempre más calurosos. No solo por su temperatura corporal, sino porque, poco a poco, se ha convertido en un hogar en el que siempre hace calor.

Estás en muchas cosas, la verdad. En las camisas a cuadros de manga corta y en los zapatos negros que veo a veces en los escaparates de las tiendas que hay por Narváez. En los bolígrafos Pilot azules, en cada mechero perdido por casa, en las chanclas de Luis en verano, en cada gol del Real Madrid. Estás también en el olor a pueblo, en el vino tinto y los vasos de tubo en los que nunca te cabía la nariz. Estás en el cajón de los cuchillos y en el sitio del sofá pegado a lámpara.  

Mañana es el día el que se abre el plazo para hacer la declaración de la Renta y solo puedo pensar en ti. Llevo todo el día pensando en ti.

Como tenga que pagar…

¿Quién va a estar al otro lado del teléfono para hacerme sonreír?

Mónica Rincón Candeira