Cuando mi hermano y yo éramos pequeños y nos poníamos malos, mi madre nos dejaba dormir en su cama. Era, sin duda, lo mejor de estar enfermos.

La cama de mis padres siempre fue uno de mis lugares favoritos de casa. Era enorme. Pero enorme, ¿eh?

Cuando te metías bajo sus sábanas, algo ahí dentro te atrapaba y ya no había vuelta atrás.

De hecho, cuando mis padres se iban un fin de semana, mi hermano y yo tomábamos su relevo y dormíamos plácidamente entre sus sábanas.

Si os soy sincera, cuando mi padre se fue a vivir a León y mi madre cambió de cama… sentí una lástima tremenda por todo lo que se llevaba esa mueble consigo. Ya no habría más “cama de papá y mamá”. ¡A saber lo que vendría!

Como mi madre lógicamente no iba a dormir en el suelo, compró otra cama más pequeña. Lo hizo sin pedirnos opinión a Luis y a mí. Nada. Como si ese tipo de decisiones se pudieran tomar sin consultar a tus hijos. Pues ella lo hizo sin ningún tipo de cargo de conciencia, oye.

Y vino la nueva cama. Aunque era más pequeña que la antigua, parecía cómoda… sin embargo, no sé… a mí me daba un poco de reparo meterme porque sentía que ya no tenía sentido. Estaba segura de que la cama de mi madre ya no tendría la misma esencia, por no hablar de los poderes mágicos de curación.

Sin embargo… Estaba equivocada.

Aunque este cambio de cama ocurrió hace ya años, fue hace tan solo unos días cuando entendí todo.

El pasado viernes llegué a lo que desde que me semi-independicé denomino como “Casa Madre” con un dolor de cabeza terrible.

Aunque entre semana duermo en la que denomina mi madre, “la casa que pago yo”, los fines de semana los suelo pasar con ella, mi hermano y las perras. Hago esto porque siempre es bonito estar con la familia y porque los fines de semana hay comida rica (y  tuppers).

A lo que iba, el viernes pasado llegué a casa con un dolor de cabeza terrible y cuando abrí la puerta nadie salió a recibirme. Cuando pasa eso es que las perras no están en casa. Y si las perras no están en casa, mi madre tampoco.

Pasé a mi cuarto, dejé la mochila y el bolso, me descalcé y… fui directa su cuarto.

Solo quería tumbarme en su cama y que se me pasara el dolor de cabeza. Me agarré a la almohada y reconocí el olor de mi madre, ese olor que siempre será suyo y de nadie más.
Estuve así unos minutos hasta que ella llegó, Arya corrió por el pasillo y se abalanzó sobre mí. Porque Arya no distingue dolores de cabeza, claro.

Mi madre, que no había intuido mi presencia, se asustó y me preguntó que qué hacía tumbada ahí.

– Me dolía la cabeza y quería ver si se me pasaba el dolor.

El dolor no se me pasó y ella me obligó a dormir a mi cuarto, porque se ve que cuando te haces mayor, una ya no tiene derecho a robarle la cama a su madre para dormir.

Al día siguiente, con las ideas un poco más claras, me dio por pensar que a mis treinta años sigo recurriendo a la cama de mi madre cuando me encuentro mal.

Y entonces me vino a la memoria el tiempo en el que pensaba que la cama de mi madre ya no sería la misma con el cambio. Que ya no tendría su esencia y mucho menos los poderes curativos.

Fue así como entendí que lo importante no era la cama.

Que lo importante no era esa cama en la que duerme Luis cuando mi madre se va a trabajar, en la que Arya juega, a la que Zampa se pega durante toda la noche o a la que acudo cuando no me siento bien.

Fue así como entendí que el poder de atracción que tiene para nosotros esa cama está directamente relacionado al poder que tiene en nuestras vidas su dueña.

Que la esencia de esa cama es, sencillamente, mi madre. 

Mónica Rincón Candeira