Desde que mi madre sabe que me independizo, no hay día que no me recuerde que tengo que tirar todas las cosas inservibles de mi cuarto o que ya no uso (ella lo resume en «mierda»).  Dice que, aunque va a conservar mi cuarto tal y como está, antes de irme de casa quiere que lo limpie y saque todo lo que no tiene sentido que esté ahí (vuelve a referirse a ello como «mierda»).

Si os soy sincera para mí todo lo que había en mi cuarto era útil y valioso, pero el día de Reyes quise hacer feliz a mi madre y cogí las bolsas de basura del último cajón de la cocina (siempre que hago eso implica que voy a limpiar mi cuarto).

Vacié cajones, estanterías, tiré cuadernos escritos a medio camino, quité el polvo a la mesa (siempre cubierta de cosas que, como os imaginaréis, también tuve que meter en bolsas de basura), rompí papeles y hasta me deshice de apuntes de la carrera.

-¿Pero que también quieres que tire los apuntes?

-Mónica, llevas años con los apuntes en la estantería y no los has vuelto ni a mirar, tampoco creo que te sirvan de mucho.

-Mamá, que son los apuntes de toda la carrera.

-¿Y?

A la basura.

Saqué 7 bolsas repletas de cosas (para mi madre, mierda). Fue una tarde intensa en la que volví a ver mis notas del colegio, las fotos de los campamentos de Scout y unos 7 años de mi corazón metidos en una carpeta de plástico repleta de entradas, fotos, dibujos y letras en forma de amor.

Cuando terminé, llamé orgullosa a mi madre e hice que viniera a mi cuarto para que pudiera ver mi obra de arte.

-Está bien, es un comienzo. Ahora tienes que vaciar el armario y tirar la ropa que ya no usas.

-¡Pero… mamá! – dije implorando un poco de piedad por su parte.

Te pasas horas limpiando un cuarto pero para una madre nunca es suficiente, siempre quiere más. Es terrible. No sé si es que cuando te conviertes en madre te vuelves insaciable con la limpieza del cuarto de tus hijos o qué, pero es un fenómeno que me atormenta, honestamente.

-Pero que no puedo tirar nada, que uso todo – insistí.

Y mi madre se fue al salón y me dejó con la palabra en la boca. Cuando mi madre no contesta evidencias es porque quiere que llegue por mí misma a la realidad. Sabe que el tiempo es su mejor aliado y que las cosas (en este caso su sabiduría de madre) siempre llega a buen término. En resumidas cuentas, que se va a hacer lo que ella diga tarde o temprano. Y punto.

Apenas quedan unos días para que me vaya de casa y sigo sin haberme enfrentado al armario y al zapatero.

Estaba hace un rato tumbada en la cama y, como mi ropa se reparte entre la mesa, el armario y la estantería, me ha dado por mirarla.

Entonces la he visto. Colgando de la estantería estaba y está (que no se ha movido sola) mi bufanda azul. Es, sin duda, mi bufanda favorita. Es una bufanda perfecta para mí, está hecha a mi medida. Es larga así que puedo dar con ella varias vueltas alrededor de mi cuello, es ancha así que me tapa la boca y, casi, casi, la nariz. Es azul y tiene rayas que se mezclan con distintos estampados en azul marino y beige. Y, al terminar, tiene tiras de lana.

Mi madre me regaló esa bufanda hace muchos, muchos años y todavía la conservo. Ha sobrevivido al colegio, a la universidad, a las noches de fiesta, a los roperos de discotecas, a la lluvia, a la nieve y… lo peor, ha sobrevivido hasta a los campamentos de Scout. Y para mí, todo lo que sobrevive a un campamento Scout es porque está destinado a estar contigo durante mucho tiempo.

Es mi bufanda favorita, os lo prometo. Pero.. ¿sabéis qué? Ya no la uso.

Llevo dos o tres años en la que no me la pongo en los fríos inviernos de Madrid, en los que su color no combina con mi ropa o, simplemente, en la que me olvido de que la tengo.

Y ahora estaba mirando la estantería y he visto como sus lanas caían y me ha dado por recordar todo lo que la bufanda azul ha pasado conmigo.

Una estantería llena de fulares que he ido comprando durante los últimos años, fulares de otros colores, otras texturas, otros estampados… Sin embargo, la bufanda azul siempre ha estado ahí, delante de mis narices y yo… simplemente, he dejado de usarla.

Y ahora me pregunto… ¿por qué conservar algo que ya no uso?

¿Por cariño, por recuerdos, por apego? Estoy segura de que, hoy por hoy, mi bufanda azul sería más usada si estuviera en manos de otra persona. Quizás esa persona podría utilizarla como la usé yo en su día, podría dar muchas vueltas a su cuello con ella y dejar que las tiras de lana se metieran entre los nudos. Podría abrigarse en el invierno y protegerse de la nieve en la montaña. La bufanda azul podría tener vida de nuevo.

Es muy complicado desprenderse de las bufandas azules que han formado parte de nuestras vidas.

Hay bufandas azules que llevan años contigo y las hay que llevan menos pero cuentan con una carga emocional muy grande en sus tejidos.

A veces somos muy egoístas, yo la primera. Me cuesta hacerme a la idea de mirar a la estantería y no ver a la bufanda azul ahí, me da mucho miedo desprenderme de todos los recuerdos que van en la esencia de mi bufanda. Si la dejo marchar… ¿se irán con ella todos los momentos vividos?

Aunque mi primer impulso sea decir que sí, honestamente sé que no.

¿Sabéis? Las bufandas azules de nuestras vidas tienen nombre y apellidos, tienen sentimientos, tienen ilusiones y se merecen encontrar personas que las valoren y saquen lo mejor de ellas.

Sé que jamás tendré una bufanda como la azul y será siempre mi favorita, pero escribir este texto me ha hecho darme cuenta de que quizás es el momento de decirle adiós. Por ella, por mí, por las dos.

Gracias por darme calor en el invierno, por protegerme de la nieve y acompañarme en las noche de Madrid. Por enroscarte a mi cuello y aguantar tu nudo. Gracias porque ni los campamentos de Scout pudieron contigo y, como he dicho antes, eso solo significa una cosa, y es que estabas hecha para mí.

Mónica Rincón Candeira

Foto: (Holanda – 2014).   Azulverdoso – verdosoazulado.