Ayer me pasé el día entero metida en la cama porque me dolía tanto la cabeza que no era capaz de hacer otra cosa que no fuera dormir. Fue un día bastante aburrido y frustrante porque es un dolor que últimamente se repite mucho en mí y no logro que pare.

Apenas ingerí bocado así que esta mañana cuando me he levantado para ir a trabajar, me he bebido un vaso de agua y me he metido al maravilloso metro de Madrid, ese que vuela.

En el transbordo que hago en Avenida de América he empezado a notar que algo no iba bien en mí pero como soy una mujer fuerte he decidido aguantar y subirme de nuevo al metro. Ha sido la parada más larga de toda mi vida: Avenida de América – Prosperidad, línea 4 (marrón), la eternidad.

He empezado a tener mucho calor, muchísimo, me he empezado a marear y he pensado: «Mónica, no es momento de desmayarte ahora, que encima que te acabas de duchar no es cuestión de acabar en el suelo». Así que me he concentrado en no caerme y llegar a Prosperidad sana y salva.

Cuando las puertas se han abierto me he sentado en un banco al lado de un chica y en menos de 1 minuto me he llevado la mano a la boca, he corrido a la primera papelera y he vomitado. Más bien me he vomitado encima. Cuando he terminado, me he sentado en el banco y le he pedido a la chica un clínex que, amablemente me ha dado, seguramente pensando que los vómitos eran a causa de un embarazo o algo así.

Cuando ha pasado el siguiente metro, me he montado y he ido a trabajar. El día ha empezado genial, notesé la ironía. Nunca había vomitado en la papelera del metro y siempre hay una primera vez para todo.

He llegado a la oficina con la mano oliendo un tanto mal y me he metido al baño a limpiarme. El día no podía ir a peor.

Como llevaba casi un día sin comer me he pedido para desayunar unas tostadas con jamón y aceite, muy mediterráneo todo. Cuando me las he ido a comer, se me han caído a la sudadera mientras que el jamón rodaba por el pantalón. Me ha dado por reír. No había más opción.

Toda la sudadera estaba manchada de aceite y, lo interesante es que a lo largo del día he podido comprobar como la mancha se iba extendiendo. No entiendo si es que la grasa nunca se está quieta y tiende a crecer o qué, pero las manchas de mi sudadera han digievolucionado de pequeñas a grandes en menos de 4 horas.

Inmediatamente después de que el desayuno se me cayera encima, uno de mis compañeros me ha dicho que tenía un regalo para mí y yo me he ilusionado.

– Toma, un pañuelo, para que llores tranquila con los dramas que te montas.

Y podría haberme puesto a llorar ahí mismo y usar el pañuelo, pero en realidad me ha hecho gracia porque el chico tiene razón, soy una dramática. Y ha sido todo un detalle que tenga en cuenta mis dramas diarios.

Y luego el día pues ha ido a mejor. El trabajo se ha dado bien y cuando he terminado de comer he ido a la mesa de mi compañero a jugar a la jenga. Hacía tiempo que no jugaba a ese juego y ha sido un rato muy divertido. Por si no sabéis a qué juego me refiero, adjunto definición de Google:

«La jenga es un juego de habilidad física y mental, en el cual los participantes (que pueden ser de dos en adelante), deben retirar bloques de una torre por turnos y colocarlos en su parte superior, hasta que ésta se caiga».

Hemos jugado 3 partidas y aunque mi compañero Dani diga que en las 3 he perdido yo, es pura mentira, solo la he liado en una, la última. Pero las dos primeras quien ha hecho caer la torre ha sido otro jugador, ¡lo juro!

Y el caso es que me ha dado por pensar, porque aunque muchas personas piensen lo contrario, las rubias también pensamos. Y me he dado cuenta de que la jenga es como la vida.

Naces y tu vida parece una torre sólida compuesta por piezas que están colocadas perfectamente formando una estructura compacta, fuerte, invencible. Pero cuando comienza el juego… todo cambia, esas piezas que en un principio parecían tan compactas, se separan y comienzan los problemas: conseguir que tu vida no se caiga.

Y entonces no te queda más remedio que sobreponer las piezas fuertes sobre aquellas que penden de un hilo, de una ráfaga de viento, de un pulso débil. Y los años pasan y la torre sigue perdiendo piezas en su base, lo que en un principio considerabas los pilares básicos de tu vida se van cayendo, vienen las contradicciones.

No solo juegas tú, es tú vida, tu torre, pero hay más jugadores que deciden sobre ella. Sus actuaciones y su manera de jugar pueden hacer caer tu torre, pueden destrozarte la vida en menos de un segundo.

Como la jenga… la vida empieza a ser para mí un juego. Mi torre, como la de la mayoría, ahora está llena de vacíos. Está llena de movimientos de jugadores que han osado tocar mi torre, han osado jugar con sus piezas y han roto la solidez de mi torre, de mi cabeza pero, sobre todo, de mi corazón.

Pero hoy, mientras jugaba a la jenga, me he dado cuenta de que no todo era malo. Cuando se quitan las piezas, se colocan en la parte superior de la torre, por lo que, como la vida, ésta sigue creciendo.

La vida es un juego de habilidad física y mental. Solo se trata de saber jugar de forma astuta, de coger las piezas y situarlas en el punto fuerte de la torre, darles poder para que la vida se siga sosteniendo, para que siga creando felicidad.

Y esas piezas son las experiencias, las enseñanzas, las personas que han aparecido en tu vida para quedarse y para sostener tu torre.

Mi compañero tiene razón, soy un poco dramática, pero a mí me gusta jugar. Por eso, desde que me tomo mi vida como un juego, he aprendido a tomarme las cosas con filosofía y he decidido que por muchos jugadores que jueguen en mi torre, ninguno va a tener el poder de tirarla.

Es por eso que os animo a jugar, os animo a coger esa pieza que os hace más débiles y situarla en el punto más alto de la torre, os animo a cambiar esa debilidad por fortaleza y no dejar nunca de luchar por ganar.

Y si la torre se cae, no pasa nada, pedís a la chica de vuestro lado un clínex, os montáis en el metro y, como cada día, vais a trabajar.

Mónica Rincón Candeira

«Un ron con coca-cola, por favor»