Llevo una semana con altibajos de temperatura, vamos, que a días tengo fiebre y a ratos mi temperatura corporal roza la hipotermia; que no lo digo yo, que lo dice Google, que el otro día lo busqué:

«¿Qué pasa si tienes 34,7º de temperatura corporal?». Y yo sabía que ninguna respuesta iba a ser buena, porque pongas lo que pongas en Google hay dos tipos de respuestas muy habituales: o estás embarazada o te vas a morir.

Tuve suerte, la mayoría de las respuestas decían que era un poco preocupante esa temperatura, que era recomendable ir al médico. Yo me fui a trabajar. Y superé el metro (dos transbordos, que se dice pronto).

Y como estos días he estado que si en casa, que si en la oficina, he tenido tiempo para pensar y me he dado cuenta de que me estoy haciendo mayor. Nada más llegar a casa he ido a la cocina, he cogido un taburete, me he sentado y le he dicho a mi madre:

– Mamá, creo que estoy perdiendo mi esencia – así, sin miramientos.

-¿Qué esencia, qué dices?

-La esencia, mamá, mi esencia.

-Yo no creo que estés perdiendo tu esencia.

Y me he levantado y me he ido al salón porque estaba claro que no me estaba entendiendo. Y una conversación así no se puede seguir bien.

Como me estoy haciendo mayor, últimamente he meditado mucho acerca de la idea de independizarme y en mi máximo aburrimiento, las altas temperaturas de mi cuerpo han hecho que me pase ratos mirando páginas como «Idealista» y me he dado cuenta de que no sé ni a dónde quiero ir, ni por qué, ni con quién, pero yo miro, que nunca se sabe, y el hacerse mayor es lo que tiene.

 Y mientras comía hoy en el trabajo un delicioso tupper hecho por mi madre (como todos los tuppers que como, básicamente), he leído un artículo en el que decía que la media de edad para irse de casa en España eran más o menos los 29 años. No sé si existe Dios pero estaba claro que era una señal del destino. Y he decidido que mejor, por ahora, me quedo en casa. Así soy yo, de ideas cambiantes.

De vuelta a casa me he bajado tres paradas antes porque, como soy una vaga consciente de ello, cuando la conciencia me supera, me da por bajarme antes del metro para ir andando a casa, aunque sea un trayecto relativamente corto. No sé muy bien por qué hago esto pero es como si luego el pan con jamón o el chocolate entrara con más tranquilidad, no sé. Engorda lo mismo y va directamente a mis lorzas pero mi conciencia se siente mucho más tranquila. La culpa de todo esto la tiene Disney. Si no hubiera existido la película de Pinocho, nadie recurriría a la conciencia para excusarse por sus actos sin sentido.

Total que he elegido Goya y como está repleto de tiendas he pensado que era buena idea comprar un pijama porque llevo 28 años de mi vida sin pijama, tirando de camisetas de publicidad y pantalones de deporte y he pensado que si algún día me iba de casa (ahora no, pero con 29 años lo mismo), debería tener un pijama hecho y derecho, con su parte de arriba y de abajo iguales, combinadas, limpias, sin rotos, no sé, lo típico. Y he entrado en la tienda y estaba todo lleno de bragas erótico festivas, pero yo me estoy haciendo mayor y solo me he fijado en los pijamas. Y eso no sé si es por hacerse mayor o porque mi vida no es ni erótica ni festiva, no sé.

Total que ahí estaba yo viendo pijamas y eran muy bonitos y achuchables todos pero… de manga larga. Claro, que si te pones a pensar, es lo lógico en invierno, pero me estoy haciendo mayor y a mi me gusta dormir en camiseta de manga corta. Y punto. Y no había ni uno solo, ni uno. Solo había camisones de encaje hechos para una noche de lujuria que, además de ser incómodos, no son pijamas. Así que he pensado que nada, que mejor que no. Las camisetas de publicidad son roñosas pero son de marga corta y eso es lo importante.

Luego he visto unas zapatillas muy bonitas de estar por casa y las he cogido. Añoro los días en donde tenía zapatillas de estar por casa. Ahora se las come mi perra y recuerdo esos tiempos con nostalgia. Las he mirado y, tras varios segundos de indecisión, las he vuelto a dejar en su sitio porque total, sabía que si las compraba y las llevaba a casa no iban a durar ni tres telediarios.

Y me he recordado a mi madre. Mi madre es muy de hacer esas cosas. Pensar con objetividad en el futuro más probable.

«¿A que voy yo y lo encuentro?». Y lo encuentra. Así es. Y me ha hecho gracia porque me he dado cuenta que cada vez me parezco más a ella. Y en el fondo me gusta porque mi madre es maja, la verdad, aunque se ponga nerviosa cuando mi hermano y yo le desemparejamos todos los calcetines, es una persona con ideas razonables en su cabeza y eso siempre es de agradecer. Así que si me hago mayor, pues está bien hacerme mayor pareciéndome a ella.

Así que he llegado a casa sin comprar nada. Lo dicho, la madurez. Le he hablado a mi madre de la esencia de mi persona y me ha ignorado, como os he comentado antes, así que me he sentado en el sofá reflexionando cómo estructurar este texto para que tuviera sentido, pero me he aburrido (como se puede comprobar en la organización del mismo), así que he vuelto a ir a la cocina, he vuelto a coger el taburete, me he vuelto a sentar y le he dicho a mi madre:

-Mamá, me aburro.

-Piensa menús para la semana que viene.

-Odio esa tarea,mamá, eso no.

-¿No te aburrías? Venga, escribe: lunes, martes, miércoles… Venga, piensa, dime comidas.

Y yo no he abierto la boca porque en un minuto ya tenía ella organizada toda la semana. Y luego me ha mandado escribir la lista de la compra.

-¿Para qué quieres hacer la lista de la compra si llevas haciendo la misma compra 10 años?

-Escribe.

Y me iba diciendo cosas y yo me sentía como cuando eres pequeño y los adultos te quieren tener entretenido con una tarea absurda inservible. Pero como una gilipollas, he escrito toda la lista de la compra. Y ha sacado huevos de la nevera y los ha puesto en la encimera.

-Y ahora, bate los huevos.

-Por favor, mamá, me estás explotando.

-Bate.

Y entonces ha sido en ese momento, en ese preciso momento, en el que me he dado cuenta de que hacerse mayor es terrible. He cogido un chisme para batir los huevos,que lo mismo se llama batidor, no sé, a saber. Y eran muchos huevos y el chisme pesaba mucho y a mí me ha parecido una tarea muy complicada que requería de mucho esfuerzo y coordinación.

-Mira, mamá, lo dejo, no puedo más. Esto me está superando.

A veces soy muy fan de mi dramatismo, las cosas como son.

Mi madre me ha mirado resignada, porque no le queda otra, básicamente. Debe ser muy duro darse cuenta de golpe y porrazo que tu hija es inútil. Y me he venido a escribir, por eso de hacer algo, más que nada. Algo útil.

Honestamente, estoy llevando fatal lo de hacerme mayor. Eso es así.

Según el artículo de esta mañana, a los 29 años es la edad media en la que los jóvenes españoles nos vamos de casa de nuestros padres.

¿Cuál es la edad media de hacerse mayor? Para ver en qué punto estoy, digo.

Mónica Rincón Candeira

Foto: Vivian Maier