A las 11 de la mañana he felicitado a mi madre su día y he aportado como regalo (de mi hermano también, claro), unos bombones que harán que nuestras lorzas aumenten.
Todo correcto, se supone, para lo que es el día de la madre.

Las horas han ido pasando y en la comida debe ser que mi madre no ha aguantado más:

– Pues es que todos los años me felicitas el día de la madre escribiéndome algo.

– ¿Qué?

– Pues que estoy viendo Facebook y todo el mundo escribe cosas y tú todos los años me lo felicitas escribriendo algo, no sé.

– ¿No te vale con ser la coprotagonista de todos mis post en «Las 10 menos cuarto»?

– Sí, si eso está bien, pero…

Y me ha hecho sentir mal.

– Tienes un post dedicado a ti llamado «La cama de mamá», ¿te parece poco?

– Ya, si lo sé, pero…

Más de 40 días de encierro en casa de mi madre me han hecho recordar algo que se me había medio olvidado, su cabezonería.

Así que aquí va.

Nuestra perra Zampa es, sin duda, la hija más fiel y buena que mi madre ha podido tener. Encabeza el top 1 de hijos desde hace años y es un hecho que mi hermano y yo asumimos y comprendemos.

El amor de Zampa a mi madre es incondicional. Lleva 15 años esperándola en la puerta todos los días, duerme a su lado cada noche y sigue a mi madre por todos los rincones de casa para no separarse de ella nunca.

Como os he dicho, merecido puesto ganador como hija perfecta.
Mi madre lo sabe, mi hermano lo sabe y yo lo sé.
Por mucho que Luis y yo queramos a mi madre, el amor de Zampa es inexplicable.

La edad se nota en Zampa y está en sus momentos más bajos. Apenas ve, las patas le fallan mucho y se desubica por momentos sin saber muy bien dónde está.
Le cuesta caminar mucho tiempo seguido y cuando le das un premio tienes que acercárselo mucho a la boca porque si no, no lo encuentra.

Pasa mucho tiempo dormida en su sitio del sofá (porque tiene un sitio, claro) o en el colchón situado a lado de la cama de mi madre.
A veces se despierta y mira hacía todos los lados buscando a mi madre, necesita sentir que está cerca.

Si Zampa siente que no sabe dónde está mi madre, ladra. Ladra de forma corta y contundente. Ladra hasta que mi madre se acerca y le dice:

– Estoy aquí, Zampa.

Y Zampa deja de ladrar porque siente que mi madre está ahí junto a ella.

A veces cuando Zampa va a beber agua (tiene que atravesar todo un pasillo) y se desubica porque no sabe cómo volver, se tumba y ladra.
Ladra de forma corta y contundente hasta que mi madre recorre el pasillo y le dice:

– Zampa, estoy aquí. Ven, que te ayudo a volver al cuarto.

Y mi madre guía a Zampa hasta el dormitorio para que ambas puedan seguir durmiendo.

Es curioso porque Zampa llegó a casa con 9 meses. Es una perra rechazada como perro guía y creo que desde conoció a mi madre encontró su guía particular y no ha dejado de seguirla nunca.

Zampa identificó desde el primer momento a quién tenía que seguir para estar siempre a salvo. Y desde entonces.

Zampa no se equivocó… Eligió a la mejor.

Muchas felicidades, mamá (de dos humanos y dos perras).

Gracias por venir a nuestro lado siempre que estamos perdidos y mantenernos siempre a salvo.

Gracias por ser nuestra guía.

Mónica Rincón Candeira

Foto: Dorothea Lange