Hace aproximadamente un mes me compré unas zapatillas nuevas. Para mi madre, mis zapatillas nuevas son otras zapatillas más. Y es que, para la mujer que me dio la vida, todas mis zapatillas son iguales y podría prescindir de más de la mitad de ellas.

No digo yo que no tenga razón mi madre. Las madres siempre llevan la razón, da igual de qué madre hablemos. La tuya, la de tu mejor amiga, la de tu compañero de trabajo, la de tu chico Tinder. Todas y cada una de las madres siempre llevan la razón.

Sin embargo, por eso de vivir al límite, yo sigo comprando zapatillas sin que ella se entere. Hasta que se entera.

Hace poco me compré unas zapatillas y, como me pasa siempre, intenté mantenerlas limpias el máximo tiempo posible. Me pasé días andando con cuidado, evitando arena, tierra, barro, agua, lluvia, basura, multitudes y alejándome de mis perras cada vez que llegaba a casa y me recibían con su amor traducido en interés para que les diera un premio.

La semana pasada mis zapatillas que a día de hoy ya no son nuevas se me mancharon. Fue sin querer, supongo. No me di cuenta. Simplemente miré al suelo y vi que la punta redonda de una de ellas tenía una mota de barro, suciedad o algo similar.

Desde ese día, voy por la vida sin ningún tipo de cuidado. Ya me da igual. Mis zapatillas ya no son nuevas, se han manchado y tienen vía libre para volverse a ensuciar, ya no me preocupa, es lo normal en la vida de una zapatilla.

Las zapatillas nacen, las estrenas, las manchas, las usas, las rompes y cuando tu madre considera que están muy rotas y que no puedes salir a la calle con ellas… las tira. Fin de la historia.

Llevo días reflexionando acerca de ese momento en el que una zapatilla deja de ser lo suficientemente importante como para no preocuparte porque se manche.

Después de darle muchas vueltas a la cabeza, he hecho un ejercicio mental y he cambiado la palabra zapatilla por persona y me he dado cuenta de que todo funciona igual.

¿Pruebo?

Llevo días reflexionando acerca de ese momento en el que una persona deja de ser lo suficientemente importante como para no preocuparte porque se sienta herida.

Hace meses conocí a una persona y, como suele ser habitual cuando conoces a alguien nuevo, intenté mantener la educación con esa persona el máximo tiempo posible. Me pasé días enviándole mensajes cada mañana deseándole los buenos días, me esforcé porque riera, le dije todos los días algo que me gustaba de ella para que lo supiera, para que se diera cuenta de lo especial que era para mí.

Sin embargo, hace unas semanas, nuestras palabras empezaron a mancharse. No me di cuenta. Simplemente un día le dije algo que realmente no sentía, un insulto, un mal gesto o algo similar.

Desde ese día, empecé a tratarla con mucho menos cuidado. Ya me daba más igual. Esa persona ya no era nueva, ya se había abierto la veda de discusiones y tenía vía libre para elevar la voz, ya no me preocupaba…

Es lo normal es la vida de las personas, supongo.

Me crucé con ella, comenzamos a hablar, la conocí, surgió esa química, la conocí de verdad, pasé tiempo con ella, me enamoré, discutí, grité, herí y cuando ya estábamos rotas, nos perdimos. Fin de la historia.

Llevo días reflexionando acerca de ese momento en el que una persona deja de ser lo suficientemente importante como para no preocuparte porque se marche.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Elliot Erwitt