Han pasado ya casi dos meses y a veces me sorprendo cogiendo el móvil para llamar a mi padre.

Las malditas rutinas, supongo.

Hablábamos más o menos dos o tres días a la semana, normalmente por las tardes.

Cuando salía de trabajar o del gimnasio aprovechaba el paseo a casa para hablar con él. Casi siempre le llamaba yo porque, según él, ni mi hermano ni yo cogíamos las llamadas. Tenía razón.

Hablábamos unos 10 minutos y normalmente se quejaba del frío que hacía en León (da igual en qué época del año estuviéramos), me contaba las novedades médicas si las había y terminaba maldiciendo a la clase política de este país.

Y así cada día. Entre insulto e insulto yo siempre le decía:

– Papá, es que te enfadas tú solo, de verdad.

– Hija, tienes razón, mejor cuéntame tú. ¿Qué tal estás?

Y entonces llegaba mi turno en el que le contaba básicamente las pequeñas cosas del día a día.

Le contaba la última pelea entre mi madre y mi hermano:

– Están como siempre, papá. Se enfadan por tonterías. He hablado con los dos y no ceden.

– Ya sabes que tu madre y Luis se quieren mucho pero no tienen remedio. Voy a ver si hablo con ellos.

Echo mucho de menos escuchar su voz, la verdad.

Odiaba tanto las tecnologías que no nos mandó nunca un audio. Echo de menos escuchar su voz dándome algún consejo, preguntándome que cuándo le iba a dar nietos o enumerándome los pasos para elaborar alguna receta de cocina para inútiles como yo.

Echo mucho de menos su voz y tengo mucho miedo a que se me olvide así que cada día trato de imaginarme alguna conversación con él y traigo a mi memoria el recuerdo de su tono, su timbre y, sobre todo, de su amor.

Y entonces… hablamos.

Mónica Rincón Candeira

Foto: Pentti Sammallahti