Domingo y principios de septiembre. ¿Hay algo peor? Sí, que mañana es lunes.

Después de este comienzo tan realista y desolador, os cuento que volví de vacaciones hace ya una semana. Llevo todos estos días pensando que tenía que escribir pero mi mente no estaba preparada. Depresión post-vacacional lo llaman. O cansancio. O todo un poco, supongo.

Después de una semana en Madrid, puedo decir y digo que mi color de piel sigue siendo tostado, cosa que oye, me alegra. La vuelta al trabajo y a la rutina es dura así que verme morena es algo gustoso. Un amigo de una amiga me dijo un día que la felicidad se mide en el nivel de moreno de tu piel. Y yo me lo he tomado a rajatabla, no vaya a ser.

Mis vacaciones han sido tranquilas, la verdad. Al no ser yo muy rica me fui a pasar unos días con mi madre, una amiga suya y la hija de su amiga a un pueblo de Madrid. Un planazo, la verdad. La casa era enorme porque, por si no lo había comentado, además de con humanos también he pasado mi verano rodeada de perras: Arya, Zampa y Cuba han amenizado mis días con sus ladridos, sus baños en la piscina y sus carreras tras la pelota.

Al matriarcado vacacional se unieron también de forma esporádica amigos y amigas de mi madre y Celeste (su amiga y mi madre dos). Cuando venían invitados (también perrunos), era  siempre una buena ocasión para aumentar las botellas de vino en la mesa y las rondas de copas. Porque en vacaciones, un día siempre es un día.

Marta y Quenia vinieron a Miraflores durante 3 días. Marta es la humana, Quenia es la perra. El matriarcado continuaba y eso había que celebrarlo con más vino, por supuesto.

Fue una visita muy divertida, primero porque Marta es una chica bien maja y segundo porque Quenia es una perra de diez. Tan de diez es, que entiende dos idiomas: español y portugués.

Quenia es una perra preciosa y une dos de mis razas favoritas: bóxer y labrador. Es más buena que el pan, en parte porque Marta se ha esforzado mucho para ello y en parte porque según yo, tal y como hablaba ayer con ella (con Marta, no con Quenia), la perra tiene el carácter del típico hermano pequeño de una familia con muchos hermanos. Es decir, se lleva ladridos, le quitan su pelota y se resigna a jugar con la pelota de los demás perros sabiendo que no puede cogerla porque no es suya.

Una de las tardes en las que Marta estaba en Miraflores se fue al pueblo así que Quenia se quedo con el resto en la casa. Como no sabíamos cómo iba a reaccionar cuando su dueña se fuera, le pusimos el collar y la sujetamos con la correa por si salía detrás de Marta. Pero como Quenia es tan buena, se resignó a esperar. Fui yo la encargada de sujetar a Quenia, a priori era una tarea fácil pero, en su aburrimiento, le dio por querer jugar así que en menos de un minuto, saltó una pequeña pared y se fue al césped. Como consecuencia, debido a su fuerza, Quenia me arrastró a mí también con ella, así que en menos de dos segundos me vi a mí misma doblada intentando sujetar a una perra que me había ganado la batalla.

Todo fue muy gracioso y tal, mi madre, Celeste y Elena (hija de Celeste) se rieron de mí. Muchas risas hasta que me di cuenta de que me dolía mucho el dedo anular de la mano. El tirón de Quenia había provocado que uno de mis dedos se torciese, doblara o lo que fuera.  A mí me recordó a aquellos tiempos en los que jugaba al baloncesto y a veces la pelota iba tan fuerte que te hacía polvo los dedos y te pasabas una semana con dos dedos unidos por un esparadrapo.

Al día siguiente, como era de esperar, el dedo estaba totalmente morado. Por cierto, cero rencor a Quenia, sigue estando en mi top 3 de perras favoritas, de hecho ayer jugué con ella durante una hora sin ningún tipo de resentimiento.

Quenia y Marta se fueron y las vacaciones continuaron. Poco a poco el color morado de mi dedo anular se fue yendo, sin embargo, sentía que algo no iba bien, el dedo me seguía (y sigue) doliendo.

No os alarméis, no está roto (creo), ni creo que me lo tengan que cortar ni nada por el estilo, pero es cierto que al hacer determinados movimientos o tocar una determinada zona, me duele.

Y aparentemente el dedo está bien, está tostado, como mi piel. Está gordito, como los demás dedos de mis manos. A primera vista parece estar en buen estado, pero por dentro creo que algo sigue fallando.

Y llevo días pensando que me pasa lo mismo que a mi dedo anular. Que esta vez no fue culpa de Quenia, que fue mucho antes. Que el tirón que me desplazó y pudo conmigo fue otro.

Y me preocupa, porque si ya me cuesta entender por qué el dolor del dedo anular no se me va, no os podéis hacer una idea de lo complicado que está siendo intentar aliviar el que viene de antes, ese que ya no sé ni explicar.

No os alarméis, no estoy rota (creo), ni creo que me tengan que auxiliar, pero es cierto que al hacer determinados movimientos o tocar una determinada zona, me dueles, me dueles por más que lo quiera evitar.

 

Texto y foto: Mónica Rincón Candeira