Cuando Gonzalo viene a casa a verme se sienta siempre a fumar en un taburete situado entre el fregadero y la lavadora.

Al principio, debido al espacio limitado de la cocina, cuando Gonzalo se iba, yo me encargaba de mover el taburete de sitio y colocarlo en su ubicación inicial junto al pasillo.
Pero han ido pasando los meses y, sin querer, o queriendo, no sé, he dejado de colocar el taburete en su sitio inicial y lo he acabado convirtiendo en un mueble fijo que vive en la cocina.  

A veces, cuando estoy recogiendo, limpiando los platos o sacando la lavadora, me siento durante unos minutos en el taburete y me invade la calma.

Parece mentira, pero hubo un tiempo en el que pensé que nunca volvería a tratar mano a mano con esa sensación.

Cuando Gonzalo se sienta en el taburete, yo me siento en el suelo del pasillo que da paso a la cocina y así, uno enfrente del otro, normalmente en pijama, charlamos.

Charlamos, por ejemplo, durante el tiempo que dura un cigarro, una cerveza o el tiempo que tarda el agua de la pasta en hervir. 
Son unos minutos bastantes agradables y en ocasiones se alargan sin ningún pretexto.

Cuando Gonzalo se sienta sobre el taburete deja a su espalda una ventana por la que he ido viendo pasar las cuatro estaciones. Con sus lluvias, sus nubes, sus atardeceres y el sol colándose por los tejados de Madrid.

Siempre le digo que le quedan muy bien los tejados de Madrid de fondo y aprovecho para hacerle fotos. Él se ríe porque nunca me toma en serio con estas cosas, pero ya os digo yo que llevo razón.

Sentado en el taburete he podido ver a Gonzalo desde la distancia que separa la ventana del suelo del pasillo y he observado cómo mete la mano entre su barba cuando se concentra, he visto el recorrido que hacen sus manos cuando se expresa y he escuchado sus carcajadas cuando le cuento alguna de las películas que se me pasan por la cabeza.

La verdad es que Gonzalo ha tenido la oportunidad de ver pasar las cuatro estaciones tras su espalda. Las cuatro estaciones con sus lluvias, sus nubes, sus atardeceres y el sol colándose por los tejados de Madrid y, sin embargo, sentado en ese taburete, ha preferido mirarme a mí.

Nunca ha dejado de mirarme.

Cuando Gonzalo viene a casa se sienta a fumar en un taburete ubicado entre el fregadero y la lavadora.

Siempre le digo que le quedan muy bien los tejados de Madrid de fondo y entonces él me pregunta si 150 fotos suyas sentado en un taburete no son suficientes.

No, Gonzalo, la verdad es que no lo son.

«Por el invierno, la primavera, el verano y el otoño. 
Te quiero.»

Mónica Rincón Candeira

Foto: Édouard Boubat