Vienes y me pisas lo que ya había fregado, dejas las huellas de las suelas de tus zapatos marcadas en el parqué de mi casa y luego te vas.

Y miro el pasillo y compruebo de nuevo que tus pies me parecen enormes en comparación con los míos, que sigues llevando las mismas zapatillas de siempre que parece que nunca se desgastan, esas zapatillas que dejan siempre su puto dibujo grabado en el suelo de mi casa.

Sí, mi casa.

Y cuando las paredes de mi casa te parecen aburridas cruzas de nuevo el pasillo, cierras la puerta y sin decir adiós, por supuesto, desapareces.

Me vuelvo a quedar sola y entonces tengo que volver al principio y fregar de nuevo. Quitar tus huellas, borrar las suelas que tus zapatos han dejado marcadas sobre mi parqué y confiar en que la próxima vez que vengas, el suelo esté lo suficientemente seco como para que no puedas mancharlo y tus pasos no dejen ni un puñetero rastro.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Lucía Guerrero