Tengo la suerte de vivir en una calle con un bulevar que separa, junto con la carretera, la acera par de la impar. Es un bulevar amplio que suele estar lleno de terrazas en cualquier estación del año y en el que conviven personas, animales y motos.

Mi padre siempre dice que hay que utilizar el bulevar porque si no lo hacemos y está vacío, nos lo quitan. Que no creo que sea tan fácil quitar un bulevar de la noche a la mañana, pero mi padre es un hombre con unas ideas claras que son, en su mayoría, inamovibles.

Hoy es el Día del Padre y aunque mi padre y yo hemos tenido nuestros más y nuestros menos, creo que por las circunstancias, se merece que hoy escriba por y para él.

No sé si lo he contado alguna vez pero mi padre quería que su primera hija fuera una niña para que le hiciera tortillas francesas cuando él se hiciera mayor.

Aunque ese pensamiento ahora mismo nos llevaría a una discusión, cuando era pequeña mi padre me enseñó a cocinar tortillas francesas y, además, me intentó trasladar su don en la cocina para que siguiera su legado. Sin embargo, como ha pasado con todo aquello que quiso de mí y no llegué a ser, aprendí a hacer algunos platos pero decidí que me resultaba más cómodo que me cocinaran a tener que  hacerlo yo.

Desde entonces, la única tarea que mi padre me deja hacer en la cocina es cortar el picadillo del cocido en las cenas de navidad. Y aun así me revisa la tarea sin que yo me dé cuenta porque no se fía de mis habilidades.

No obstante, puedo prometer y prometo, que si en algún momento me encuentro sola y con la obligación de cocinar porque si no lo hago me muero de forma literal, todos los platos que podría elaborar los sabría hacer gracias a él.

Mi padre siempre quiso que estudiara derecho como hizo él y yo siempre le dije que no lo haría. Y no lo hice.

A él le gustaría que llevara zapatos en vez de zapatillas, que mis pantalones no estuvieran rotos, que me peinara o que usara pendientes. Pero no lo hago.

Con los años hemos aprendido a querernos pero lo suyo nos ha costado. Más que a querernos, a sobrellevarnos. Aunque es innegable que mi aspecto físico, al igual que el de mi hermano, es suyo…  en el resto de cosas somos cada vez más diferentes.

Hace un mes a mi padre le dio un chungo al corazón y estuvo a punto de irse a ese lugar en el que las personas ya no vuelven por mucho que queramos que lo hagan.

Digo (o escribo) “chungo” porque realmente no sabemos exactamente qué le pasó. Supongo que su corazón le dio un aviso, le puso a prueba y tensó la cuerda hasta un extremo que mi padre nunca llegó a imaginar.

Por suerte fue solo un gran susto y, como consecuencia, mi padre ha dejado de fumar. Y yo que me alegro, la verdad. Reconozco que en un primer momento me cabreó bastante que un chungo al corazón ganara la batalla a veintinueve años de suplicas hacia su persona para que dejara el tabaco, pero menos es nada.

Ahora mi padre lleva una vida sana, come bien (y mucho), no toma sal, da paseos, bebe agua y se toma la tensión todas las mañanas.

El día que fui a ver a mi padre al hospital de León y comprobé que estaba bien, respiré hondo. Volviendo en tren lloré todo lo que no había llorado la primera semana de su ingreso.

Supongo que no valoraba la vida en sí misma. Creo que no fue hasta ese momento en el que no me di cuenta de lo que vale una vida. Fue un viaje de 3 horas en las que los demás pasajeros debieron de pensar que acaban de dejarme y estaba llorando las penas por un amor roto.

Durante ese viaje me dio por pensar que a mi padre todavía le quedaba mucho por conocer de mí y que debía ponerle las cosas más fáciles en su segunda oportunidad de vida.

Así que desde que llegó a Madrid, he decidido enseñarle mi mejor versión traducida en humor negro y la verdad es que se ha tomado esa versión de su hija la mar de bien:

– ¿Qué queréis comer el sábado? ¿Paella o pescado?

– Paella, padre, que imagina que te da un chungo de nuevo, te mueres y yo no he tomado paella. Sería bastante terrible eso, ¿no?

– Hija, tienes unas cosas…

– Soy práctica, padre, práctica. De hecho creo que te voy a hacer una lista de platos que quiero comer por si te vuelve a dar algo en el corazón no me quede yo sin catarlos.

– En fin.

Creo que llevaba muchos años empeñada en nuestras diferencias cuando hay muchas cosas en las que somos iguales. A veces me sorprendo metiéndome la camiseta del pijama por dentro del pantalón y ante esa imagen tan ridícula me viene a la cabeza él.

Viendo el humor con el que me tomo el “susto” os diré que ha decidido contratacar y se dedica a chantajearme de mala manera para que le dé un nieto. Dice que no quiere morirse sin ver a sus nietos. Él la suelta por si cuela y, como supondréis, no cuela.

Ahora cada vez que empezamos una conversación en la que pensamos diferente me dice que mejor cambiar de tema para no alterar a su corazón a lo que yo respondo que eso es un chantaje muy grande pero, como también supondréis, cambio de tema porque todavía quedan por comer un montón de platos enumerados en la lista.

El otro día bajé con él en el ascensor y cuando llegamos al portal y abrimos la puerta, sucedió:

– Papá, vamos por el bulevar, que si no lo usamos nos lo quitan.

– Tienes razón, hija – me dijo.

Y paseamos.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Dorothea Lange