En marzo de este año me mudé a una casa antigua. Podría decir vieja, pero honestamente es una palabra que nunca me ha gustado. Prefiero el concepto de “antiguo”, no sé, me da la sensación de que guarda relación con el paso de los años, pero años bien llevados, como los de George Clooney, por ejemplo.

El marzo de este año me mudé a una casa antigua y lo primero que hice fue pintar las paredes y el techo de blanco por eso de darle a la casa una nueva vida y, sobre todo, para tapar las humedades que se dejaban entrever en el salón.

A mí lo de tapar una humedad con pintura sin haber conseguido arreglar antes el problema de base me parece absurdo, la verdad, pero el casero no me dio muchas más alternativas y, como con otras muchas cosas en la vida, decidí mirar hacia otro lado y poner otra capa de pintura para evitar ver día a día el desastre que se originaba sobre mí.

Que haya puesto una tirita sobre la herida para no verla no quiere decir que no me acuerde de que sigue ahí y que en el momento más inesperado puede volver a sangrar.

Y por eso, desde que me mudé a esta casa, temo los días de lluvia.

Vivir en el último piso del edificio te proporciona bonitas vistas del atardecer de Madrid entre sus tejados, pero me da muchos quebraderos de cabeza, ya os lo digo.

En los días en los que las gotas de lluvia se cuelan por mi ventana… a mí me da por mirar el techo y esperar el desastre. Así soy yo.

Me imagino la pintura desquebrajándose en pocos segundos y las vigas cayendo sobre el sofá. Ni siquiera sé si eso es físicamente posible, pero yo me lo imagino así. Y lo hago porque creo que siempre me ha gustado montarme películas y por que puede que a veces, solo a veces, sea una chica un poco catastrofista.

Esto os puede resultar algo gracioso pero la verdad es que cuando llueve, paso las noches en vela escuchando el sonido de las gotas rompiendo contra el techo de mi habitación. Cuando amanece, me levanto de la cama y compruebo si las humedades han aparecido. Miro detenidamente el techo del salón y, si nada ha cambiado, regreso a la cama.

Y, como con otras cosas en la vida, una vez más, vuelvo a mirar hacia otro lado mientras deseo con todas mis fuerzas que llegue el verano.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Robert Doisneau