A menos de una semana de cumplir los 30 veo necesario dejar por escrito las últimas enseñanzas que me ha dado la vida durante el mes de mayo y de junio.

Que dicho así parece todo muy breve, pero han pasado cosas. ¡Han pasado muchas cosas!

Para empezar con las buenas, os diré que cumplí uno de mis sueños alcanzables y pude ver en concierto  a poca distancia a uno de mis cantantes favoritos fuera del territorio español: Ed Sheeran.

Que muchos pensaréis que es un cursi pero… ¿qué esperabais de mí?
Pues eso.

Os cuento que he cambiado de trabajo y ahora tardo 15 minutos en llegar a la oficina y la gente sonríe y todo. Que muchos pensaréis que es lo normal, lo de sonreír, digo… pero ya os digo yo que no.
A modo de bienvenida, la segunda semana me bebí hasta el agua de las aceitunas con ellos y me siento totalmente integrada. El alcohol es lo que tiene. A veces una tiene que hacer lo que tiene que hacer para integrarse aunque no sea lo más recomendable para su hígado.

Cuestión de prioridades, supongo.

Para seguir con las cosas bonitas de la vida os diré que en junio tuve dos bodas. Oficié una de ellas e hice un pequeño monólogo barra discurso en la otra.
A día de hoy los novios y las novias, ya casados, siguen hablándome (y sus familiares también).

Reconozco que en ambas tenía un ligero, por no decir un gran nudo en el estómago debido a los nervios, pero no hay nada en esta vida que no puedan solucionar una o dos cervezas previas.
Y esta idea no la tuve yo, la tuvo mi madre, incitadora de mi alcoholismo en el último mes.

Como buena amante de la música en español que soy, me siento orgullosa al decir que tuve el honor de ver en el mismo día a dos grandes en concierto: King África y Leiva.
En la variedad está el gusto.

Puedo decir y digo que la enseñanza que junio me ha enseñado de la vida es que el alcohol es bueno si sabes cuándo tomarlo y adaptas las cantidades a la ocasión.

Aunque os diré que casi no llego a junio.

Lo mismo estoy dramatizando un poco, pero el final de mi mes de mayo fue cuanto menos doloroso.

Dicen que hay un dolor más terrible que el del parto. ¿Sabéis cuál es?
Ya os lo digo yo: el de las piedras en el riñon.

Es ahora cuando empieza una de las historias más emocionantes de lo que llevo de año: el cólico.

Recuerdo que era mayo y era miércoles. Estaba yo en la casa de Amancio (Zara) gastándome el dinero que no tengo en ropa con lunares para petarlo fuerte en la despedida de soltera de mi amiga Rocío en la Feria de Córdoba ese fin de semana, cuando recibí la llamada de mi actual trabajo.

Una entrevista con la música de Zara de fondo. ¿Alguien da más?

Ahí estaba yo, cargada de lunares en un brazo y en el otro hablando con mi actual jefa acerca del marketing online y mis experiencias laborales.

No sé si la esencia de Amancio me dio suerte pero salí de Zara con unos pantalones de lunares cortos bien bonitos, una camiseta blanca y una cita para una entrevista personal en las oficinas de mi actual empresa.

Gracias, Amancio.

Cuando llegué a casa cené con mi compañera de piso y amiga y me fui a dormir. Hasta que todo empezó.

A las dos de la mañana un fuerte dolor en el lado derecho de mi tripa comenzó y yo me lo tomé con tranquilidad porque tampoco había otra forma de tomárselo.
Casualidades del destino Ana seguía despierta y después de valorar que lo mismo era un dolor demasiado fuerte como para que la cena me hubiera sentado mal, decidimos que sería buena idea ir al Gregorio Marañón.

Nos pusimos nuestras mejores galas: un chándal cada una y salimos en busca de un taxi. Parecíamos dos yonkies con mono. Yo estaba rota de dolor y Ana paró lo que desde ahora llamaremos «el taxi de la agonía».

Cuando la señora taxista me vio, tuvo a bien apiadarse de mí mientras me comentaba preocupada que ella tuvo el mismo dolor hacía semanas pasadas y que todo acabó en un tumor.

Mientras tanto, Ana me decía: «Mónica, son gases, no te preocupes».

Piensas que Atocha está cerca del Hospital Gregorio Marañón hasta que «el taxi de la agonía» se pierde. Entonces ya no se tarda tan poco. Ya os lo digo.

Después de vomitar la calle Ibiza entera (menos mal que es mi barrio de siempre y sabrá perdonármelo), entramos al hospital y comenzaron las risas literales mezcladas con el dolor.

Lo bueno de tener una amiga y compañera de piso que aprovecha la mínima ocasión para reírse de las desgracias ajenas, es que las horas en una sala de espera son más amenas.

Tuve suerte y los médicos me debieron ver tan mal que en poco tiempo me dieron droga. Algo que agradecí. Droga en vena, claro. Droga que me metieron en vena mientras Ana buscaba la comedia hacia mi persona junto con los médicos residentes y por tanto jóvenes que me atendían.

Al principio a la gente externa le cuesta entender el nivel de insultos que Ana y yo nos dedicamos de manera natural, pero una vez que entran al trapo, la comedia viene sola incluso con droga y dolor de por medio.

A todo esto, como buena hija, no avisé a mi madre de nada porque para qué despertar a una madre por una indigestión.

Después de horas y horas nos dieron el resultado: cólico renal.

Ana y yo nos sentimos defraudadas porque todas nuestras teorías acerca de la mayonesa que había ingerido en la cena se habían ido al traste.

Un puto cólico renal.

Fue entonces cuando consideramos que lo mismo era buena idea que mi madre estuviera al tanto.
Mi madre, que para venir tan solo tuvo que cruzar la acera, estaba cabreada:

– ¿Para qué tienes una madre, Mónica?

– Mamá, que pensé que era la mayonesa, que no te iba a despertar por una mayonesa. No soy tan mala hija.

–  Soy tu madre, Mónica, estás en el hospital. ¿Y no me avisas? No te entiendo, yo a ti no te entiendo.

Y como la mujer me vio tan mal y con tanta droga encima decidió desenfadarse rápidamente.

Ana  se fue y mi madre y yo nos fuimos a casa. Mi madre me cuidó, me dejó dormir en su cama, se sentó conmigo cuando me retorcía de dolor y fingió entender y asumir mi tajante afirmación:

– Si dicen que esto es peor que parir, ya te digo yo mamá que no voy a parir en la vida. En la vida.

– No te preocupes, Mónica – me decía. Como si la ilusión más grande de mi madre actualmente no sea la de tener nietos.

El viernes por la mañana me vi fuerte como para irme a la Feria de Córdoba. Tenía todo preparado. Una maleta llena de lunares y la cabeza dispuesta a decir «no» al alcohol. Menos es nada.

Pero… la vida no puede ser maravillosa y horas previas a coger el tren el dolor volvió.

Asumiendo que me iba a perder la primera despedida con todas mis amigas, me volví a vestir de yonkie y esta vez con mi madre, fui de nuevo al hospital extendiendo los brazos implorando droga desde el minuto uno.
Y me la dieron, merecidamente, las cosas como son.

Las horas en la sala de espera pasaron igual de lentas solo que en esta ocasión, al ser yo reincidente en la enfermedad, me tomé la libertad de hablar con las enfermeras que me atendieron tan bien.

La enseñanza de mayo fue ver el trabajo que hacen las enfermeras y enfermeros del Gregorio Marañón (y supongo que del resto de hospitales). No creo que nunca me lean pero desde aquí quiero agradecerles infinitamente que me drogaran tan bien y cada tan poco tiempo y siempre con una sonrisa. De verdad, gracias.

En la sala de espera recibí muchas fotos de mis amigas, muchos ánimos de mis amigos y muchos besos de mi familia.

Como quería irme yo por todo lo alto, pasé una noche allí y me dieron un pijama azul que realzaba más si cabe mi belleza en esos momentos.

El sábado a la hora de comer volví a casa y me pase una semana descansado. Yo no quería pero mi médico de cabecera resultó ser peor que mi madre. Y me obligó. Y como para decirle que no a esa señora.

Sobreviví. Sobreviví al dolor y días más tarde me dijeron que la piedra había desaparecido. Sin embargo, me avisaron que es algo que puede volver a suceder.

Un cólico renal a los 29.

¿Sabéis lo que me pasa ahora?
Que tengo miedo.

Que cada vez que noto dolor en la tripa pienso que voy a tener que ir a por droga inmediatamente al hospital, que cada vez que noto un pinchazo me temo lo peor. Y sé que no tiene sentido, que no todos los dolores van a derivar en un cólico, pero yo no puedo evitar pensar que todo se va a repetir.

Tengo miedo al dolor. A todo tipo de dolor.

También a ese que va más allá del físico, a ese al que ni las drogas en vena pueden curar. Y sé que no tiene sentido, que no todos los dolores van a derivar en lo que ese dolor derivó, pero yo no puedo evitar pensar que todo se va a repetir.

A pesar de todo os diré que si algo me han enseñado el mes de mayo y de junio es que tengo mucha suerte de las personas que me rodean.

Gracias por ayudarme a pasar el dolor, gracias por ayudarme a pasar todo tipo de dolor.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Tomasz Gudzowaty