Es viernes y tengo una pena encima que no me cabe en el pecho. Ni siquiera sé si he dicho bien la expresión pero necesito contar los hechos que me han sucedido hace poco más de una hora en el metro de Madrid, ese que dicen que vuela.

A la gente le gusta cuando cuento mis desgracias y vivencias absurdas así que si estáis aburridos y queréis una idea para un corto, empiezo.

Resulta que me he tenido que ir por cuestiones que no vienen al caso a Alameda de Osuna (muchos lo conoceréis porque ahí vivía Leiva y por el Parque del Capricho), pero en este caso yo no iba ni a ver a Leiva ni a pasear por el parque.

Cuando he finalizado mi gestión (esto siempre suena muy serio), he vuelto al metro y me he sentado en el banco a esperar a que viniera el tren.

Sentada estaba yo pensando en mis cosas (me había quedado sin batería en el móvil, dramas del primer mundo), cuando un chico se ha sentado a mi lado. Yo la verdad es que no me había fijado mucho pero lo típico, se sienta alguien, le haces hueco. Que soy una chica amable, por favor, que soy scout.

Al minuto de estar sentado se ha girado y me ha dicho:

– ¿Te puedo preguntar una cosa? Vas a pensar que estoy loco pero bueno.

Yo en ese momento he pensado: «Mónica, locos no, por favor».

– Sí, dime.

– ¿Tus zapatillas llevan esparto real?

– Pues supongo que sí, no sé, toca si quieres (las zapatillas). Pero para lo que me han costado espero que sean de buena calidad.

– Es que cuando era pequeño ayudaba a mi abuelo en el campo y él hacía alpargatas. ¿Son tan caras?

– Son caras, sí, lo que pasa que como están a la moda y no tengo personalidad me las tuve que comprar.

Y ahí ha comenzado lo que podría denominar una amistad de metro. Yo os prometo que no tenía intención de seguir la conversación, pero cuando ha llegado el tren, como era inicio de línea, estaba el vagón vacío y no sé, me ha dado apuro sentarme lejos, así que me he sentado enfrente y el chico ha seguido hablando. Porque no os lo vais a creer pero ese tío hablaba más que yo, os lo prometo, parece increíble pero es cierto.

Y se han empezado a sentar personas a nuestros lados y nosotros seguíamos hablando:

– Si que has vivido en sitios. ¿Por qué volviste a España?

– Porque me enamoré de una chica y…

– Oh… ¡qué bonito!, una historia de amor.

–  Me divorcié hace 3 días de ella.

– Ah, muy bien, soy muy oportuna para estas cosas, lo llevo en la sangre.

Y yo creo que el hombre que estaba a su lado se ha percatado de que el chico y yo no nos conocíamos de nada. Hasta que, en una de esas, el chico me ha mirado y me ha dicho:

– Por cierto, soy Álvaro, encantado.

Y me ha dado la mano (claro, porque estábamos enfrentados). Y ya le ha quedado claro al resto de pasajeros que estaban presenciando una conversación de dos personas que se acaban de conocer así que han empezado a escuchar descaradamente.

– Mónica, encantada.

Y las paradas de metro seguían pasando y Álvaro y yo seguíamos hablando:

– ¿Trabajas aquí cerca?

-No, que va, he venido a hacer unas cosillas al lado del metro.

– Yo es que curro en XXXXXXX (algo que debería haber escuchado).

Y nada, ya estábamos en la conversación de barrios. Que si vive por La Latina, que si le encanta el barrio, los huertos urbanos, Madrid…

Le he dicho que a mí las plantas no me gustaban nada porque no hablaban. Hemos discutido un poco sobre si era mejor un perro que un gato. Dejando siempre clara mi postura a favor de los perros, por supuesto.

Mientas, la gente de al lado nos miraba con ciertas ganas de presenciar un intercambio de número o algo pero…

Sin querer, ha llegado mi parada y le he mirado:

– Esta en mi parada, me tengo que bajar.

He puesto como mucha cara de pena evidente.

– ¿Si? Jo, encantado Mónica.

Álvaro me ha chocado el puño y yo me he ido a mi casa con mucha pena porque de verdad que me lo estaba pasando muy bien, era un tío muy majo.

He llegado a casa y le he contado a mi madre la historia. Me ha dicho dos cosas:

La primera que, sabiendo cómo soy yo, que perdí el sentido del ridículo cuando concursé en la Ruleta de la Suerte, debería haberle pedido el número. La segunda ha sido hacerme saber que mi historia guardaba mucha relación con la canción de Serrat llamada “Penélope”.

– Mamá, no tenía batería y ha llegado a la parada como muy deprisa y me ha parecido así como excesivo pedirle el teléfono delante de todos los pasajeros que, claramente, querían que lo hiciéramos (darnos los teléfonos). Estoy muy triste, mamá, muy triste.

De verdad, con lo que me gustan a mí las películas y cuando vivo el inicio de un corto… termina en drama. Que de verdad que no es que yo quisiera nada erótico-festivo con este chico, de verdad, pero es que ha sido una media hora tan rápida, que me ha dado pena que el trayecto de metro no durase más.

Y yo cuento  esta historia por dos motivos, primero para decirle al metro de Madrid que aunque dicen que vuela, a veces es mejor que vaya más lento para que las historias terminen bien.

Cuando ha llegado la parada de Diego de León, ha sido como cuando estás comiendo chocolate y tu madre te dice que ya no puedes tomar más, o cuando llevas dos copas y tus amigos te dicen que hay que volver a casa, o cuando estás duchándote bajo el agua caliente y alguien abre el agua fría en otro grifo jodiéndote la ducha.

Y el segundo motivo es para decirte, Álvaro, que fue un placer conocerte, de verdad.

Me paso la vida con los cascos puestos y cuando mi móvil me deja sin batería y me veo obligada a quitármelos, me pasan historias así… Merece la pena, ¿o no?

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Mónica Rincón Candeira