He intentado buscar la definición en la R.A.E pero no sé por qué, la página me da error. Deben estar colapsados por la cantidad de sabiduría que guardan.

A lo que iba. Se acaba el año y con ello llega el balance de lo bueno y lo malo. De mirar al futuro y ver qué se puede mejorar. Los ya conocidos propósitos que, según una definición que he encontrado en una página, a saber si fiable de internet, son:

  1. Ánimo o intención de hacer algo o de no hacer algo.
  2. Objetivo que se pretende conseguir.
  3. Asunto, materia de que se trata.

Lo dicho, planes a futuro para el nuevo año que se acerca. Yo, como me estoy haciendo mayor, he decidido cambiar las normas de la sociedad y hacer mi propia lista, esta vez de despropósitos que, para aquellos que no sepan lo que son, les aclaro:

  1. Dicho o hecho inoportuno o absurdo.

Vamos, mi vida.

Este año mi lista de despropósitos comienza por asumir que soy accionista del gimnasio y que no por ello tengo la obligación de ir. Es decir, la opción de ir está ahí, pero como accionista puedo ejercer mi derecho a decisión sin cargos de conciencia. Pagar pago, cada mes, por cierto, pero eso no implica una obligación de acudir al espacio nombrado todos los días, ni siquiera todas las semanas y, ni mucho menos, una vez al mes.

Mi segundo despropósito para el 2018 es asumir que me gusta la comida que engorda. Ya está, ya lo he dicho. El chocolate, la pizza, el pan, los espaguetis con carne picada y tomate… que la lista no tiene fin. Y si me gusta esa comida, una no puede luchar contra sus deseos más profundos, esos que vienen directamente desde las tripas, esos deseos que rugen y hasta provocan segregación de la saliva. Una no puede ir en contra de lo que el cuerpo y mente desea. Por eso este año me he propuesto como objetivo asumir mi realidad. Hay gente a la que le gusta correr a horas tempranas con el frío del invierno… a mi me gusta la comida rica en grasas e hidratos de carbono. ¿Y qué?

El tercer despropósito para el próximo año es asumir que los hombres sin barba también tienen derecho a vivir. No puedo retirarles la palabra, evitar su mirada o insultarles en secreto.

Las palomas son seres vivos (aunque haya tenido que preguntárselo a mi madre porque tenía mis dudas).

-Sí, Mónica, sí. Las palomas, aunque no lo creas, son seres vivos.

Mi cuarto despropósito está dedicado a ellas. Tengo que intentar con todas mis fuerzas no cambiarme de acera cuando sobrevuelan o agacharme para evitar que me maten. Un miedo no puede acabar conmigo así. Tengo que coger fuerzas e intentar fingir que puedo con ellas, que el corazón no me late a mil por hora cuando se acercan o que quiero esconderme detrás de la primera persona que pille por ahí para protegerme de una muerte segura.

Tengo que asumir que si están en este mundo, tengo que respetarlas. Si respeto a las personas que sonríen mientras corren, tengo que respetar a las palomas. Es es así.

La ducha está socialmente bien vista, por ello debo concienciarme de que es algo bueno y positivo. Mi quinto despropósito es coger con ganas ese momento y dejar atrás la pereza. Desenredarme el pelo con alegría mientras canto boleros y ver en el albornoz mi mayor aliado para combatir el frío. Puntualizo que, aunque no lo creáis, me ducho todos los días, incluso los domingos. Hace poco mantuve una discusión en el trabajo acerca de la necesidad de ducharse todos los días.

Puede que después de leer esto pierda seguidores, pero os diré que los días que no tengo planeado salir de casa para nada, no me ducho. Así, tal cual. Ya lo he dicho. Por suerte o por desgracia suelo salir de casa todos los días por lo que, estad tranquilos, me ducho todos los días. Pero pereza me da, las cosas como son.

Y sé que pensáis igual que yo, lo que  pasa que no lo decís en público porque está mal visto socialmente porque te consideran un guarro. Y no, lo que hacemos es ahorrar agua. Somos buenas personas. Y hablo en plural porque sé que muchos de vosotros hacéis lo mismo que yo.

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Llevo 28 años de mi vida intentando que mis calcetines no se desparejen pero, como comente hace unos meses, es algo que no podemos controlar. El universo en el que habitan los calcetines perdidos es más poderoso que mis ganas para buscar calcetines por mi cuarto así que… mi sexto despropósito para el año que viene es poner de moda los calcetines desparejados. Así… ¡a lo loco!

Además, si se ha puesto de moda la ropa de runner, yo no entiendo por qué no se va a poder poner de moda ir con el calcetín que te de la gana. ¡Libertad! Y esto ya no lo digo solo por modas, lo digo para lograr una estabilidad mental con uno mismo, con las madres y con la lavadora. Asumir la pérdida de un calcetín ya no sería algo terrorífico que ocasionaría enfados y frustraciones, sería una moda. ¿A qué influencer tengo que llamar para que comience a subir fotos?

Mi séptimo es asumir que mi madre siempre lleva la razón. Y cuando digo siempre, es siempre. Las madres en general son unas visionarias. Hace poco estaba en una discoteca y sonó una canción de Juan Luis Guerra y todo el mundo se puso la mar de contento. Mi madre nos ponía sus discos de camino a Galicia durante TODOS LOS VERANOS. Ella era una visionaria. Sabía que, aunque en ese momento lo odiase, en un futuro sería la canción más valorada de la noche.

Mi madre decía que los pantalones de campaña eran la cosa más horrible del mundo y que se negaba rotundamente a lavar su ropa con pantalones que arrastraban mierda de la calle. Y años después los pantalones pitillo se pusieron de moda, los talles altos se colaron en las pasarelas y yo tuve que darle la razón, como siempre.

Mi madre dejó de comprar ropa blanca a mi hermano y a mí porque decía que eramos unos guarros que no sabíamos tener una camiseta blanca en su color original. Y ahora, ni una camiseta blanca me compro, oye, ni una. Y no porque no me gusten, sino porque mi madre es una visionaria y no quiero arriesgarme a comprar algo blanco y ensuciarlo en el minuto uno.

Y ya que me he venido arriba, os dejo mi octavo despropósito: Disney es mentira. M-E-N-T-I-R-A.

Y por último, el noveno despropósito para el 2018 es convertirme en una blogguera famosa, dedicarme a la escritura y vivir de lo que gusta. ¿Por qué? Porque soñar es gratis.

Y punto.

Mónica Rincón Candeira

Fotos: Robert Doisneau