Puedo decir y digo que he sido famosa durante una semana.

Ya tengo algo que contar a mis nietos. Si es que algún día encuentro alguien con el que tener hijos para poder tener nietos. Digo.

Mi  fama llegó un lunes, un día que de por sí se presentaba complicado ya que mi jefa y amiga había osado a irse de vacaciones y dejarme sola ante el peligro, por lo que yo ya estaba en modo estrés desde primera hora. No era consciente yo de lo que se me venía encima: la fama.

Los hechos sucedieron de forma curiosa. Me encontraba reunida con mi jefa-jefa (una jefa más jefa que mi jefa, para que lo entendáis), repasando todas las tareas que tenía que hacer durante las dos semanas en donde mi jefa había osado abandonarme y dejarme “alone in the dark” cuando, de repente, sonó mi móvil.

Mi madre.

Mi madre es una persona que generalmente no me llama porque sabe que no suelo tener el móvil en sonido por lo que es bastante probable que no se lo vaya a coger. Cuando vi su llamada, como supondréis, la ignoré. No es porque sea yo una mala hija (que a veces sí), sino más bien porque estaba en el trabajo reunida con mi jefa-jefa (que es más que mi jefa, como ya os he comentado).

Pero mi madre insistía demasiado y me llamó como 3 veces más hasta que, inevitablemente, me preocupó. Y ya se me estaban pasando ideas terribles en la cabeza como muertes, destrucciones, robos, cárcel… cuando decidí devolverle la llamada.

– Mónica, que tu historia la ha publicado Metro de Madrid.

-¿Qué dices, mamá?

– Que me ha llamado un padre de un alumno y que tu historia la ha publicado Metro de Madrid en Twitter.

– ¿Qué dices?

– Que sí, Mónica.

-Mamá, te dejo que estoy trabajando.

Y colgué a mi madre y comprobé que, efectivamente, era cierto.

Miré a mi jefa-jefa y le dije:

-Nada, que publiqué ayer una historia en Twitter y que ahora la ha retuiteado Metro de Madrid y que esto tiene muchos likes y nada, que eso.

-¿Qué me estás contando, Mónica? ¿De verdad?

Y fue en ese momento cuando empezó todo.

Ha sido una semana estresante a la par que divertida. Es impresionante ver cómo las redes sociales pueden hacer crecer tanto una historia.

Pero os diré que los dos primeros días de fama me parecieron agotadores. Mucha gente comentaba la historia en Twitter y recibía mensajes animándome a encontrar a Álvaro.

Yo, acostumbrada a vivir en la tranquilidad de mi persona, empecé a pensar que lo mismo el asunto se me había ido de las manos.

Tuve que hacer una comunicación en Instagram (en pijama, desde mi casa), en donde comunicaba a todos mis seguidores cómo llevaba la fama. Como una famosa novata, me mostré tal y como soy: en pijama y sin peinar. Porque a mí la fama me pillo sin peinar, cosa que no es complicada porque como sabéis los que me conocéis, no acostumbro a peinarme.

Ya lo dije: “la fama te pilla de imprevisto y no puedes evitarlo, tienes que enfrentarte a ella”.

Me hizo mucha ilusión que la gente fuera tan amante del amor porque, aun dejando claro en la historia que yo no tenía ninguna intención erótico-festiva con Álvaro, me animaban a encontrar al amor de mi vida, comenzar una relación con él y a casarnos.

Y eso me fascina, porque no es nada nuevo que yo soy muy fan del amor (aunque yo no lo tenga), así que ver cómo la gente me animaba a encontrarlo fue muy bonito.

Cuando Cabronazi publicó la historia en su Twitter y en Facebook, me dio por reír. Y, como hacen los famosos, decidí no leer ningún comentario para no acabar llorando. Porque a mí me afectan mucho esas cosas así que preferí vivir en la ignorancia.

Tuve que llamar a mis padres para hacerles conocedores de que la fama de su hija iba en aumento. Gracias a “El chico del metro”, mis padres han aprendido lo que es Twitter y lo que pueden hacer las redes sociales. Mi padre, por eso de que ha estudiado derecho, solo se preocupaba por saber si todo lo que estaba pasando era legal mientras que mi madre alucinaba pepinillos con la situación.

Mi hermano ni le dio a like a ninguna de mis publicaciones de famosa. A  día de hoy pienso que ni se ha leído la historia. Él es así. Te quiero, Luis.

Mis tíos, mis primos, mis amigas y gente que ha pasado por mi vida se alegraron por mí. Y eso es lo que me he llevado de todo esto de la fama y de la historia. Llevo escribiendo muchos años y para mí fue muy gratificante saber que las personas que me quieren me felicitaran porque, por fin, mis historias y escritura se hacían conocidas. Gracias, de verdad. Y esto no lo digo como famosa, lo digo como Mónica.

Álvaro no ha aparecido, pero no pasa nada. Lo normal era que no apareciera. Muchos cuestionaron que la historia fuera real. Puedo prometer y prometo (me encanta esa expresión), que fue verdad. Que Metro de Madrid no me pagó por escribirla y que no he recibido ningún regalo de la marca de zapatillas que mencioné en Twitter.

Como suele pasar en la vida, las cosas buenas llegan y, muchas veces, se van.

Como Álvaro. Como mi fama. Después de casi dos semanas buscando a Álvaro, puedo decir y digo que ya no soy famosa. Estoy en la depresión post fama, pero saldré de ella, os lo prometo.

Aunque he de decir que a mi madre le dio bastante igual que fuera famosa o no.  El sábado le di a entender que podía ponerme una alfombra roja en el pasillo, pero me dijo que no.

No lo entiendo, la verdad.

En Twitter todavía no han perdido la esperanza de que aparezca Álvaro, pero, como me dijo mi amigo Ferni, si Álvaro hubiera dado señales de vida, hubiera sido todo como demasiado perfecto, como de película. Y hace tiempo que dejé de creer en Disney.

En dos días cumplo 29 años. Y no escribo esto para recordaros que es mi cumpleaños, sino porque creo que no hay mejor forma de comenzar otro año de vida, que sabiendo que todo llega.

Todo.

 

Mónica Rincón Candeira

Foto: Annie Leibovitz